El sabor.

Esa sensación que despierta tu sentido del gusto…

Primero le da pistas al olfato… cuando el sabor se acerca a tu nariz, ésta va corriendo a avisar a la lengua, para que empiece a salivar y se prepare. 

La lengua, obediente, responde con un mar de líquido viscoso, en el que los piratas navegan en busca de un tesoro del que sólo han oído hablar. 

El estómago lo percibe y empieza a ponerse nervioso, “¿qué estará pasando ahí arriba?”. La curiosidad puede con él, así que da orden a las mariposas de que se acerquen a espiar la fiesta que se está preparando en el piso superior. 

Tras el permiso del olfato, la boca abre sus compuertas. Los labios comprueban el visado “¿está todo correcto?”, se dicen. Y si lo confirman, vía libre. 

Entonces, la lengua llega rápido al rescate del sabor, antes de que se ahogue en la saliva ardiente. 

Las papilas, juezas del reino de la boca, llegan cuanto antes. Si aprueban la petición, el sabor se quedará más tiempo protegido entre los muros del gusto, antes de perderse en terrenos más oscuros.

Los dientes reciben también la orden de sus jefas, y van triturando lo que encuentran en su camino. Es el comienzo del fin del sabor. 

Cuando ya hemos sacado al sabor todo su jugo, lo enviamos al siguiente ejército, uno que va a analizar exhaustivamente lo que ha llegado a sus tierras. Estos soldados tienen un largo trabajo, pues su capitán, el cuerpo, es sabio y trabaja con minucia. Los errores no están permitidos, porque pueden ser fatales. Las mariposas ya se han ido a descansar, no son por ahora requeridas.

Pero hay otro tipo de sabor. 

Uno que llega sin avisar. El olfato no lo percibe, la lengua no lo identifica. Sólo las juezas, las papilas, a veces pueden intuirlo en el ambiente. Pero ellas no pueden distinguirlo y tampoco dan aviso.

Este sabor actúa a la vez en el cerebro y en el estómago. Ataca incluso en la noche, cuando todos duermen. Pero no viene de fuera. Lo convocan las impresiones, esas que se generan en nuestras vivencias. Son los pensamientos que despertamos. Son las emociones. 

Este sabor es el más peligroso. Porque no podemos verlo, palparlo ni olerlo. Y sin embargo, es el que más tiempo reside en nuestro estómago. Y aún así, no tenemos un ejército para él. El cuerpo hace lo que puede, pero sus herramientas no son suficientes. Muchas veces hay debate, a ver cuál será el órgano que lo digiere esta vez.

Cuidado con el sabor de las emociones. Porque no sabemos en qué puede transformarse dentro del cuerpo. 

A veces es amor, esperanza. Pero otras, depresión, locura, dolor. 

No tenemos científicos en el cuerpo preparados de forma innata para él. Sólo existe una guardiana, pero para que actúe con presteza debe ser entrenada: la meditación. 

Si realmente está bien entrenada, ella se encargará de observar y detectar. Permitirá ese sabor en su justa medida, y lo invitará a abandonar el cuerpo y la mente, para que para siempre, los deje libres. Sea cual sea la emoción. La meditación ayuda a que sea transitoria.

Por eso yo me lo he propuesto. La entreno, tanto como puedo. Practico la ecuanimidad, la observación, la aceptación en silencio, para que, cuando los necesite, pueda hacer uso de ellos. 

Miss Fuentes.

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