Amanecer

Un amanecer.

Cada día que amanece trae consigo una lección. Te la voy a intentar explicar, aunque con palabras, apenas rozaré la superficie de unas emociones tan profundas para mí. 

Un amanecer empieza de noche. Siempre. 

Salgo de mi casa aún con el cuerpo medio aletargado, intentando descifrar el frío que siento es parte de un sueño. Poco a poco, con el movimiento, el cuerpo se va despertando, acompañando a mi mente.

Mientras el cielo sigue oscuro, me embriaga la promesa del nuevo día. Un escalofrío me recorre el cuerpo recién despertado. 

Mientras me dejo llevar por esos pensamientos, el Cielo se va tornando naranja en un despliegue de colores. Maravillada por las tonalidades violetas, rosas y naranjas, pienso en las posibles oportunidades que se podrían crear hoy para mí.

Mis papilas gustativas empiezan a salivar sólo con imaginar las delicias que se están cocinando. Imagino las posibles viandas que me pueden presentar, y sé que sólo las podré aprovechar si estoy atenta y si, además, llevo conmigo los cubiertos adecuados. 

Entonces el Cielo se torna más y más naranja, anunciando la llegada de algo más grande. Pero aún no se deja ver el Sol. 

En ese instante, en los días malos en los que mi mente se siente caprichosa, me entra el miedo. “Esas delicias que imagino, ¿serán para mí? ¿Me las merezco? ¿Realmente existen? ¿Y si sucede algo malo? ¿Y si me equivoco? ¿Y si no me atrevo?…” 

En los días buenos, en cambio, en el momento de ir haciendo espacio en mi estómago. Preparo los cubiertos,  mi cuerpo y mi mente para recibir todas esos manjares, especialmente los dulces. 

A partir de ahí, empieza a dejarse ver el Sol. El agua se va convirtiendo en un espejo dorado. A su ritmo, poco a poco, sin que nadie le presione y en un beso intenso con el mar, el Sol nos deleita con su belleza y nos acoge con su calor. 

Ese momento para mí es glorioso. Por mucho que intente capturarlo en una cámara -aunque sea Iphone 😉 – me es imposible atrapar esos colores, el ritmo, el amor innegable entre el Cielo, el Mar y el Sol, bailando juntos en un acto que me parece hasta obsceno.

Tan sólo dura unos instantes, pero para mí son mágicos. Como si se estuviera abriendo una puerta entre dos mundos, por la que el Sol es el bienvenido y el mar lo acoge con toda su frescura. 

Nada importa, sólo el Sol. El día puede esperar, porque el Sol está saliendo. No hay pensamientos, no hay distorsiones. Son minutos para Ser. 

Y por mucho que intente detenerlo, por mucho que le pida que se detenga, que no avance, que se espere unos minutos más… el astro termina desplegando todo su esplendor, aportando ese calor que la Tierra acoge dichosa para iniciar el día. 

Noto como el Sol me protege en un abrazo que mi piel fría y erizada, agradece. Me susurra que soy su guerrera, que debo ser fuerte y valiente para afrontar lo que me ha preparado para hoy. Además, me avisa de que si quiero llegar al postre, debo estar lo suficientemente despierta en cuerpo, en mente y en alma, y confiar plenamente en mí.

Despertar nuestra consciencia no es un derecho. Es una obligación. Tomar las riendas, estar despiertos, afrontar los miedos y ser valientes.Y sobre todo, nunca rendirnos. 

Eso me enseña el Sol cada mañana, cada vez que amanece… 

6 comentarios en “Un amanecer.

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