¿He sufrido el efecto Pigmalión?

En otro artículo te conté lo que es el Efecto Pigmalión. Si no lo has leído, puedes hacerlo ahora. 

Si lo has hecho o ya sabes lo que es, quizá te preguntes si tú también lo has sufrido. Quizá quien eres hoy -o quien no eres- está totalmente influenciado por esas expectativas que tu entorno ha puesto en ti.

Yo he evaluado en mi vida este tema varias veces. Aún a día de hoy me lo sigo cuestionando. 

Verás, durante mi niñez estudié en un colegio privado. Era muy tímida y apenas me relacionaba con los otros niños. Poco a poco fui haciendo algunas amigas, las que aceptaban acogerme en su grupo, con quienes encontré mi hueco.

Aun así, en clase me sentía muy inferior al resto. Cuando nos hacían esos test de inteligencia, recuerdo que me quedaba constantemente bloqueada. Me atemorizaba no saber la respuesta. Me entraba tanto miedo, que respondía lo primero que veía, sin darme la oportunidad de pensar en la pregunta. Quería quitármelo de encima cuanto antes.

Un día llamaron a mi madre al despacho del psicólogo del colegio. El gran experto, conocedor de la psique de los niños con quienes ni ha hablado (ni muchos menos observado), le dijo que yo era tan tonta, que no terminaría ni el colegio. No tenía la capacidad suficiente para ello. Quizá con suerte aprendería a dividir, pero dando gracias. 

Lógicamente, la mujer se asustó. Al fin y al cabo, un experto, un supuesto hombre instruido en la materia, le estaba diciendo con una absoluta certeza que su hija no tenía futuro. 

Esa idea siguió en la mente de mi madre, pero cuando me escuchaba razonar, o me observaba devorando todos los libros que caían en mis manos (comparada con mis hermanos mayores y mis padres, yo era la persona que más leía en la casa), se iba convenciendo de que este psicólogo quizá se había equivocado. 

Aun así, a pesar de que mi madre confiase en mí, pese a que yo aprobaba todas las asignaturas -algunas incluso con buena nota-, ella seguía dudando sobre si aquél psicólogo tenía razón. ¿Y si me estaban dando un trato diferente en ese colegio, consecuencia de su informe?

 

Fui cumpliendo años y, la verdad, no me sentía demasiado a gusto yendo a este colegio. Era una pesadilla levantarme cada mañana para ir. No había una razón concreta para ello, simplemente sabía que no era mi sitio. Y así lo expresaba en casa cada mañana antes de ir.

Un día surgió la oportunidad de cambiarme a un instituto público nuevo en mi barrio, y mi madre me preguntó: ¿Quieres ir? A lo que respondí que sí, casi casi sin dudarlo. 

Este cambio fue maravilloso. Me sentó fenomenal. No sólo seguí sacando buenas notas, sino que las mejoré. Me motivé mucho. Empecé a disfrutar todas las clases. Encontré personas nuevas con las que conecté desde el principio. Compañeros y profesores estupendos, que llevaré siempre en mi corazón. 

Me levantaba cada mañana con ganas de ir. Y me encantaba estudiar algunas materias por las tardes. Lengua, historia, geografía, economía, filosofía, francés…¡cuánto las disfrutaba! Incluso aprendí a disfrutar educación física. 

Sacaba notazas generalmente. Disfrutaba cada clase, más aún aquellas en las que la profesora me inspiraba. 

(*Digo la profesora, no por esta moda de lenguaje inclusivo, sino porque la mayoría fueron mujeres inteligentes, verdaderas maestras, firmes, seguras de sí mismas, las que más me motivaron, me inspiraron, y de las que más aprendí: Adela, Fini, Mariángeles, Lala, Teresa,…; aunque por supuesto, también hubieron profesores 😉

Mi madre se relajó. Se olvidó de aquel psicólogo y confió en que realmente su hija no sólo no era tonta, sino que además podía ser lista. O, al menos, buena estudiante. Y así empezó a tratarme: como una chica lista, con capacidad para estudiar y hacer lo que quisiera.

Así me trataron también mis hermanos y mi padre. Confiando en lo que decía, en lo que yo elegía.

Terminé aquella etapa con una nota Cum Laude (la mejor nota). Y me motivé tanto, que decidí estudiar dos licenciaturas. Al parecer, una me parecía poco (craso error, que ya te contaré). 

Aunque mi primer instinto era estudiar Publicidad y Relaciones Públicas y Periodismo, por cuestiones que todavía no comprendo, elegí la doble licenciatura Derecho y Administración y Dirección de Empresas. La empecé y la terminé. A pesar de que la mayoría de asignaturas no me gustaban. Pese a que suponía una agonía. Aún hoy tengo pesadillas en las que me sigo examinando. Pero esto es otra historia. 

El caso es que si hubiera seguido en ese colegio, quizá mi madre habría seguido dudando de mi capacidad. Quizá mis padres me habrían tratado de otra forma. Probablemente no me hubiera atrevido a estudiar dos licenciaturas. Seguramente los profesores de aquel colegio no me habrían animado como lo hicieron los del instituto, al contar con el informe de este “experto”. 

Así que cuidado. Cuidado con lo que pensamos de los demás (sobre todo de los niños). 

Pero por encima de eso, mucho ojo con lo que pensamos de nosotros mismos.

La clave está en lo que te digas tú a ti mism@. 

Si no me hubiese visto capaz de sacar dos licenciaturas, nunca lo habría intentado. Te aseguro que a día de hoy, aún me pregunto cómo pude aprobar las materias que más aborrecía (estadísticas, matemáticas financieras, derecho procesal, mercantil…). Pero lo hice. 

Me repito esta historia continuamente, porque a día de hoy tengo otros sueños por cumplir. Deseos que siguen en mi corazón, anhelando ser perseguidos. Y si no me veo capaz de ello, no lo intentaré nunca.

Quizá te pase lo mismo. Déjame decirte que, aunque es normal que lo que piensen los demás tenga cierta influencia, lo que va a ser sin duda determinante es lo que te digas a ti mismo. 

Así que date la oportunidad de pensar de otra manera. Date el permiso de ser quien eres. 

Hazlo. 

No te arrepentirás.

De verdad. 

Te lo dice esta enana.

Desde París

Miss Fuentes.

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