De cuando los astros se alinean mal.

¿Alguna vez has tenido la sensación de que se han alineado los astros para que todo salga mal? 

Ya sabes, uno de esos momentos en los que se concatenan una serie de sucesos, de muy diferente naturaleza, y que a pesar de ello, cuadran a la perfección en un espacio temporal único. O sea, un desastre total.  

A mí me han tocado unas cuantas veces…

Recuerdo una de las grandes conjunciones en el 2016. Acaba de instalarme en Barcelona, una ciudad que no me llamaba especialmente la atención. 

Una de las esquinas del Gòtic

¿Que por qué la elegí? Pues verás, fue una de esas decisiones determinantes de la vida que tomas por amor, no porque realmente te convenga. Sí lo sé, suena a cliché, pero mi vida está llena de clichés.

Acababa de llegar y no tenía trabajo, así que me tocaba buscarme la vida. Contaba con dos carreras y poca -muy poca- experiencia laboral… Honestamente, tampoco tenía demasiado claro qué quería hacer, ni a dónde quería llegar. Sólo sabía que quería estar con la persona por la que fui. Otro cliché. 

Así que busqué un empleo en el sector que más me atraía en ese momento: el turístico. Concretamente, los hoteles. Me fascinaba la idea de trabajar en un gran edificio que vende habitaciones como si fueran pequeños hogares momentáneos. 

La llegada de los huéspedes, alojarlos, cuidar de ellos, crearles un hogar… contribuir a esa tarea me parecía tan romántico, que estaba dispuesta a hacer lo que fuera con tal de trabajar en uno de ellos.

Para mi sorpresa, rápidamente conseguí trabajo en uno de los más lujosos y reconocidos de la ciudad, en pleno Paseo de Gracia. Un 5 estrellas Gran Lujo. Majestuoso. 

El puesto era “Housekeeping Supervisor”, es decir, una de las supervisoras de las chicas de la limpieza. Tenía que supervisar la limpieza del hotel. 

El trabajo era bastante duro. No el mío, sino el de las chicas. Sinceramente, mis mayores respetos a las chicas/chicos de la limpieza, de un hotel, de un bar, de donde sea. De verdad, es chungo. Fijarte en cada pequeño detalle de una habitación, un pasillo, un recodo, y limpiarlo cuantas veces sea necesario, al margen de lo cansada que estés o lo mucho que tengas los brazos molidos.

En mi puesto éramos 8 compañeros, y sobre nosotros recaía la responsabilidad de esa limpieza. Coordinar y organizar el trabajo, supervisar y comprobar que todo se cumplía bajo los altos estándares de un hotel de lujo. 

Cada día era diferente. Siempre había personas nuevas, eventos, cambios… y a veces clientes extra-cochinos. También teníamos turnos distintos, y en cada turno, las tareas y responsabilidades eran diferentes. Los nuevos, como es habitual, teníamos que aprenderlo todo rápido para ser operativos cuanto antes.

El que le tocaba “abrir” era el encargado de organizar el trabajo del día. De él dependía que todas las habitaciones y zonas comunes del hotel se limpiasen perfectamente y a su hora. También había que equilibrar la carga de trabajo de las camareras de la limpieza. Básicamente, era el responsable de que todo fluyera. 

El encargado de la tarde, en cambio, organizaba las horas vespertinas, pero el trabajo sucio ya tenía que haber quedado hecho en la mañana.

Sin duda, lo peor era abrir. Te la jugabas. 

Yo, con mi personalidad temerosa (sobre todo, la de aquel entonces), le tenía pánico. 

Como ya podrás imaginar, el primer día que me tocó abrir sucedió una de esas conjunciones de Saturno con Júpiter, Urano y Venus. Y seguro que los planetas de otra Galaxia también estaban metidos en esto. 

Llegué al hotel una media hora antes de lo que era necesario para abrir. Si para hacer ese turno había que entrar sobre las 6:30 am, a las 5:58h yo ya estaba allí. Lo había estado practicando todo, pero quería hacerlo con calma, no fuera que me liara en el último momento. 

Lo primero que hice, tal como me habían enseñado, fue ir a Recepción a recoger la información con las habitaciones ocupadas ese día. Pero a mi llegada, no percibí ni rastro del buen rollo habitual. Había algo en el ambiente que anunciaba malas noticias. 

Mientras me debatía entre darme la vuelta o preguntar, el Jefe de recepción se acercó a mí, con su sonrisa torcida y me dijo: el sistema informático se ha caído, hemos perdido todos los datos de los clientes. No hay nada. 

PLASSSSSSSS. 

No teníamos información de nada, de ninguna de las habitaciones. No sabíamos qué habitaciones estaban ocupadas y cuáles no, ni los nombres de las personas que estaban en las habitaciones, ni sus tarjetas de crédito para pagar. Algo insólito que no había pasado NUNCA. 

Os imagináis mi cara ¿no? 

Menudo marrón me había tocado. Mi primer día “abriendo” el turno. 

Mis piernas empezaron a temblar. “¿Qué CXXX hago?”

Varios sudores me entraron por el cuerpo. Ya no sé si eran fríos, verdes, amarillos, o si eran náuseas.

¡¿Dónde estaba esto en mis apuntes?!

Llamé a mi jefe de inmediato, esto era grave. Pero hizo como otros antes en la Historia de la humanidad, se limpió las manos. Así que me las tuve que apañar. 

Terminé organizando a las chicas en un orden por plantas. Y esperé a que llegaran todos. Sobre todo, alguien que realmente supiera qué hacer.

A la llegada del jefe, por algún motivo pensó que había sido culpa mía. Lo vi en su mirada y en sus primeras palabras, y mal de mí, que me llevé su reprimenda sin darle respuesta. Él también era medio, y no tenía tampoco una solución clara.

Afortunadamente, justo en ese momento apareció nuestra salvadora, una de las compañeras que llevaba más de 20 años en el puesto. Ella supo qué podíamos hacer y actuamos bajo su criterio. 

Además, se reía: “antes no teníamos estos programas y no nos pasaban estas cosas”. Claro, antes estos datos se tomaban a mano. No entraba un hacker por la noche a borrarlos con goma. Pero ahora sí. 

Aquel día en cuanto me pude esconder, lloré de rabia. Pataleé e insulté mentalmente a todo el que pude. En el fondo, me llegué a creer que había sido culpa mía, que no había estado a la altura en el primer día. Y el disgusto me duró bastante tiempo. Probablemente me quité unos meses de vida. Y total para nada. Ese estrés no sirvió de nada. Tan sólo para disgustarme. 

La conclusión de la que hoy me siento orgullosa es que fui capaz de aguantar. El día terminó. Pasó. Y yo, sobreviví. 

Ese día no pudimos hacer mucho. Tuvimos que tocar puerta a puerta, disculparnos con los clientes y explicar más o menos  lo que había pasado. Limpiamos las habitaciones que pudimos y chimpún

Los clientes lo entendieron. Comprendieron que hasta en los hoteles 5 estrellas hay problemas. Quizá por eso hay libros, series y películas ambientadas en ellos. 

Durante la semana, se fueron recuperando los datos y todo volvió a la normalidad. 

Aquel día me ayudó a hacerme consciente de que aquello no era lo mío. Fue la chispa que alumbró la certeza de que debía buscar otro camino para seguir a gusto en Barcelona.

Y gracias a ello, después de un tiempo, encontré la Consultoría hotelera. Otra etapa de mi vida. Otra historia. 

Es curioso que a veces lo tengamos que pasar tan mal para hacer clics mentales y tomar acción. Como si no pudiéramos hacer cambios cuando las cosas simplemente “van”. 

Hoy sé que aquella conjunción de astros fue un regalo del Cielo. De los amargos sí, pero un regalo al fin y al cabo. De hecho, la palabra “des-astre” significa “de las estrellas”. 

Aunque ya te digo que aquel día no lo veía así. Tuve pesadillas durante semanas. Me hubiera venido bien escuchar las palabras de Ron Weasley:  “Esa chica debe poner en orden sus prioridades”.

También hoy me sirve para ser consciente de que no hay que preocuparse tanto. Que al final, cualquier cosa pasa. Te van dejando un sellito -o sellote– en la piel, pero pasan.

¿Te ha pasado algo parecido alguna vez? ¿Cómo resististe? 

Me encantaría que me contases aquí abajo, a ver cómo funcionan los planetas en los Universos de otras personas 😉

2 comentarios en “De cuando los astros se alinean mal.

  1. Que buena anécdota! Como tú dices, el día pasa y al final sobrevivimos a esas calamidades. Esto me recuerda a que viví algo parecido hace unos años. Te lo cuento:

    Recién ascendida al puesto de directora de tienda en una de las firmas de moda más conocidas, me enfrentaba al primer día de rebajas de la temporada.

    Quería demostrarle al súper que, estando yo al mando, ibamos a superar el objetivo de ventas, por lo que estaba muy motivada, y eso les quise transmitir a las vendedoras.

    Eran las 12.30 de la mañana, plena hora de Venta, la tienda repleta de gente, los probadores llenos, la cola de caja hasta mitad de la tienda. Todo marchaba súper bien. Cuando de repente, un apagón dejó sin luz a todas las tiendas de la avenida, incluida la nuestra, por supuesto.

    Mientras oía gritar a las mujeres de los probadores que se habían quedado a oscuras, las clientas en caja se ponían nerviosas porque no podían pagar sus compras, puesto que los ordenadores estaba apagados. Aquello se volvió un caos.

    Por el walkie organicé a las vendedoras como pude, para que fueran dos de ellas a la puerta a evitar robos, puesto que las alarmas estaban apagadas y los ladrones podrían hacer su agosto, otras a los probadores a ayudar a las clientas que estaban asustadas y a medio vestir, mientras que yo en caja intentaba mantener la calma con la multitud de clientas con montones de ropa para pagar y sin poderles cobrar.

    Fue una larga y horrorosa hora, en la que vi cómo se marchaban las clientas sin compra, aquel día en el que yo lo iba a demostrar todo.
    Suerte que muchas de las clientas volvieron a la tarde con una sonrisa y pudimos llegar a objetivo. Al final del día, todo quedó en unas risas. ¡Malditas calamidades!
    ¡Enhorabuena por este proyecto, Ana!

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    1. Wow Laura!! Qué súper anécdota!!! Además coincide mucho con la mía! La tecnología, que a veces ayuda pero otras…. nos pierde!
      Muchísimas gracias por compartirla, me ha encantado.
      Me alegro que el día pasara y además, llegando a objetivos, ¡¡máquina!!

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