Gracias pajarito.

En mi vida he vivido épocas en las que he tenido coche y otras en las que no. Lo bueno de este bonito capricho es que te da esa libertad de llegar donde quieras, cuando quieras y como quieras. Y eso es maravilloso.

Pero el autobús te da la oportunidad de vivir historias muy divertidas. 

Y de esas tengo unas cuantas. 

La que te quiero contar hoy la viví en mi época universitaria, junto a mi hermana de corazón (que no de sangre). Por su espíritu valiente, de ahora en adelante la llamaré Brave. 

El campus de la Universidad de Alicante, donde tuve el placer de estudiar, es uno de los más bonitos de España. Está apartado de la ciudad, es grande, cuenta con muchas zonas libres con césped, árboles, fuentes, centros sociales… ¡Hasta tiene un museo!

De camino a una clase de matemáticas te podías encontrar con ardillas que te alegraban el día. Y si estabas cerca de la Facultad de Derecho, ¡incluso te cruzabas con patos!

Creo que me forcé a estudiar algo que hubiera oferta en esta Universidad, tan sólo por lo bonita que es y el buen ambiente que tiene. 

Universidad de Alicante

La historia de hoy sucedió en ese entorno un frío jueves por la tarde, después de las clases. El sol se había escondido y en esa época del año, llevar abrigo era obligatorio. 

Recuerdo el que llevaba ese día Brave, conocido por todos los compañeros y parte fundamental en esta historia. Era de plumas y su color era muy característico, un naranja muy suave. Cuando alguien le decía “qué abrigo naranja tan chulo”, ella siempre respondía “¡No es naranja, es albaricoque!”. Además era súper agradable al tacto. Me lo dejó en un par de ocasiones (soy muy friolera pero no siempre me abrigo bien), y era una gozada meterte dentro. 

Después de comer, Brave y yo fuimos como siempre a tumbarnos un ratito al césped para descansar y elegir los planes del fin de semana.

Pero antes de sentarnos vimos algo en el suelo que llamó nuestra atención, y nos acercamos sin dudarlo. Resultó ser un pajarito que no podía moverse… “¡Pobrecito!” pensamos.

Lo recogimos y lo pusimos con mucha delicadeza en la capucha del chaquetón albaricoque.

Ninguna de las dos teníamos -ni tenemos- conocimientos sobre los animales, así que decidimos ir a la Facultad de Biología, a ver si alguien podía hacerse cargo del animalito. 

Nos llevamos una gran decepción al recibir unas cuantas miradas acusadoras de locura y comprobar que nadie estaba dispuesto a ayudarnos.

Ya nos puedes imaginar plantadas frente las puertas de la Facultad, con el pajarito en la capucha, sin saber qué hacer. La clase de Matemáticas de las Operaciones Financieras estaba a punto de empezar.

“¿Qué hacemos? El profe de M.O.F debe estar llegando ya…”

No podíamos dejar al pajarito ahí sin más. Meterlo en clase podía ser una opción para que estuviera calentito y así no perdernos clase…

Pero al final, las pocas ganas de hacer cálculos a las 4 de la tarde y el sentimiento de culpabilidad de abandonar al animal, nos hizo decidirnos:

“¡Pues bajamos a Alicante y le buscamos un veterinario!”

Así, desistimos de la clase (yo feliz, para qué engañarnos) y nos pusimos rumbo al autobús que nos llevaba a la ciudad.

*Sí sí, lo estás entendiendo bien: dos mujeres universitarias que casi meten al pajarito en clase, pero mejor aún, deciden meterlo en un vehículo cerrado con más personas. Luego dicen que nuestras decisiones son racionales…

La parada del bus solía estar siempre abarrotada de gente, porque en aquel momento era la única forma de llegar a la ciudad. 

Para nuestra suerte, había un banco libre y pudimos sentarnos.

Apoyamos al pajarito sobre nuestro regazo y le dimos espacio. Lo mirábamos maravilladas y a la vez con mucha pena. Nos preguntábamos si la razón de que estuviera tan quieto era porque estaba muerto ya.

En la distancia ya veíamos llegar al autobús. Justo cuando empezamos a prepararnos, para nuestra gran sorpresa, el pequeñín decidió salir volando, rápido y veloz. Fue tan ágil, que no calculó bien, se chocó contra un cartel y cayó al suelo. Pero al instante se volvió a elevar con fuerza y lo perdimos de vista entre los árboles.

Nos quedamos boquiabiertas.

Brave y yo nos miramos al instante. Y después, miramos la gran caca de pájaro en la capucha ahora “albaricoque”, y empezamos a reírnos a pleno pulmón.

Era imposible parar de reír. Entramos en el autobús, pagamos el billete, y seguimos riéndonos durante todo el viaje, soltando incluso alguna que otra lágrima por el camino. La gente nos miraba como a locas (algo a lo que al final nos acostumbramos).

Nos leíamos la mente con la misma idea: “¿Te imaginas qué hubiera pasado si llegamos a meterlo en clase?” 

“¿¿Te imaginas la cara del profe si el pájaro se hubiese chocado contra la pizarra??”

No podíamos parar de reír ¡tan sólo por imaginar esa escena!

“¿De verdad íbamos a meter al pájaro en clase? ¿Y en el autobús?” 

“¿TE IMAGINAS?” 

Y otra vez, rompíamos a llorar de la risa. 

Mirábamos la capucha que ahora tenía otros tonos igualmente naturales…. y volvíamos a reír más fuerte.

Qué buena tarde aquella, y qué buen recuerdo ahora. 

Qué curioso que algo que no llegó a suceder, que tan sólo estábamos imaginando, causara tanta felicidad aquella tarde. 

Pero más curioso me resulta que aún hoy nos riamos recordando esa situación y volviendo a imaginar qué habría pasado si hubiéramos metido al pequeñín en la clase o en el bus.

Admito que he vuelto a soltar unas cuantas carcajadas mientras tecleaba esta historia, recordando aquella risa llorosa, nuestra mirada cómplice, la gente que nos miraba de reojo y el susto que nos llevamos al verlo volar. 

Y ahora te confieso que últimamente he recibido un par de noticias negativas. No ha sido una semana fácil. Pero recordar esta historieta me ha hecho reír y me ha devuelto una sensación muy buena. Me ha hecho sentir bien.

Esto me ha recordado algo que aprendí hace un tiempo: Tan sólo con imaginar una situación que no ha sucedido, la mente y el cuerpo lo viven como si fuera cierto.

Sucede tanto en el sentido positivo como en el negativo.

Si te imaginas en la playa, tranquilamente bajo el sol, sin problemas y preocupaciones… empiezas a relajarte. Si te visualizas recibiendo el premio de la lotería, probablemente sonrías.

Por el contrario, si empiezas a imaginar la desgracia de infectarte del virus, o perder tu trabajo, o que fallezca un ser querido… tu cuerpo libera las hormonas necesarias para vivir ese sufrimiento en tu cuerpo, como si fuera real. 

Y esto no lo digo yo, lo explican muchos psicólog@s y psiquiatras, como por ejemplo, la doctora Marian Rojas Estapé.

Lo peor es que son los pensamientos e imaginaciones catastróficas las que vienen a nuestra mente con mayor facilidad.

En realidad es normal, porque el cerebro humano está diseñado para sobrevivir, no para ser feliz. Por eso es mucho más sencillo pensar en negativo e imaginar lo peor. Porque así podemos ponerle remedio. 

Si nuestros antepasados no hubieran imaginado un león cazando durante la noche, probablemente no se habrían protegido, no habría habido alguien vigilando, o no hubieran buscado lugares seguros para dormir. Y no estaríamos aquí.

Y ahora, aunque vivimos en un mundo muchísimo más seguro que antes (a pesar de que las noticias griten lo contrario), seguimos con ese chip. Nuestros problemas nos abruman, y los más dañinos son los que imaginamos. Los que ni siquiera son reales.

Una forma de poner remedio a esto es practicar la gratitud, como explica el gran comunicador Marcos Vázquez en este artículo.

Pensar en lo bueno que vivimos cada día, en esas “pequeñas grandes” cosas diarias, nos ayuda a sentirnos mejor y a evitar caer en el bucle del “desastrosismo.” 

Hacer desconexiones de las noticias también ayuda. Y dejar de juntarte con quien sólo saca temas que te entristecen o te generan malestar.

Así que mejor transformar esos pensamientos que nos intentan mantener alerta pero que se enquista, en otros que agradezcan las pequeñas grandes historias que vivimos. 

¿Qué historias guardas tú que te hagan reír?

🙂

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