Carta al Cielo.

Mando esta carta con remite “Papá, el Cielo”, sin saber muy bien si te llegará. Tengo la esperanza de que el bueno de San Pedro sepa localizarte, estés donde estés.

Hoy es 14 de marzo, tu cumpleaños. Al menos en la Tierra.

Estoy convencida de que estarás celebrándolo allí arriba, aunque igual no tenga mucho sentido. Yo te conocí sólo durante 28 años de tu vida, y tan sólo en tu faceta de padre, así que hay muchas cosas que desconozco de tus gustos. Pero por lo que sé, imagino que habrás montado un guateque en el que no falten mujeres, amigos para entonar rancheras, cerveza, berberechos, chocolate puro y arroz con leche. Por cierto, dale saludos a Audrey Hepburn de mi parte.

Hoy estaba contando cuántos cumpleaños llevo ya sin felicitarte. Sin que nos vayamos a comer y sin que pueda darte un  beso. Me he asustado al darme cuenta de que ya es el cuarto. Aunque no sé si el susto es porque me parece mucho o porque me parece muy poco. 

En cualquier caso, este año será el cuarto de tu partida. Y fíjate que aún así, cuando me pasa algo importante todavía hago el ademán de coger el teléfono y llamarte.

Me gustaría ahora ponerte un poco al día, por todas esas conversaciones que no hemos tenido. Aunque sé que nos sigues a los tres (o seis) la pista desde allá arriba. 

El día que te marchaste, el mundo se tornó hostil y lúgubre. Las mañanas amanecían negras, a pesar de lucir un Sol brillante.

Sentí rabia. Y miedo. De repente, uno de mis pilares vitales se había marchado. Pensé que era injusto para mí. Lo tomé como un ataque personal que la vida me estaba lanzando. A mí. No a mis hermanos, ni a tus nietos, ni siquiera a ti. A mí. “Es muy pronto, no estoy lista”, pensaba.

Además este tema por aquí abajo es algo tabú, a pesar de que nos pase a todos. A pesar de que todos vivamos la muerte de cerca, a pesar de que sabemos que nos tocará, no sabemos hablar de ella. Le tenemos miedo. Como si mencionarla la hiciera más probable.

Me sentía en la oscuridad y en la pena, cuando de alguna forma, apareciste en mis sueños y me calmaste. Me ayudaste a cambiar la perspectiva. 

Me enseñaste, como buen maestro que eres, que así es la vida. En realidad, tú siempre nos lo dijiste. Nacemos, vivimos, sufrimos, reímos, lloramos, disfrutamos y volvemos a sufrir. Y después, cuando toca, nos vamos. Algunos incluso mucho antes de tanto verbo. 

Y no tiene nada que ver con justicia, por mucho que nos empeñemos los humanos.

Dejé de lamentarme de mí misma. Y aprendí que ese día llega, hayas disfrutado o no del camino. Hayas amado o no. Hayas llorado o no. No importa lo que hayas hecho con tu vida. Es irrelevante lo importante que seas para algunos, o lo insignificante para otros.

Cuando llega, se caen los velos y todos somos iguales. 

Me propuse en aquel momento cambiar mi perspectiva vital. Buscar, probar y hacer. Moverme. Dejar de esperar que mis sueños llegasen a mí porque sí. Cambié el chip.

Me hice buscadora de mi vida. De mi verdad. De mis pasiones y mis anhelos.

También me atreví a mirarme el ombligo y a rascar donde más dolía. Bueno, donde más duele, porque sigo rascando.

Esta búsqueda es ahora una constante. Se ha convertido en parte de quien soy. Y a menudo voy dando palos de ciego. Pero sé que estoy mucho más cerca que antes. Y voy con mi parte guerrera, que me protege y ataca cuando toca.

Un tiempo después de tu partida, encontré un tema que despertó una chispa de fuego en mí. En mi cabeza es contribuir a que las personas se sientan mejor. En términos de marketing y de empresas, suena de otra forma.  Así que me formé, conseguí trabajo en ello y me mudé a Madrid, ¿sabes? 

Sentía que mi suerte empezaba a cambiar, gracias a actuar a pesar del miedo. Si había sobrevivido a uno de mis mayores temores,  ¿por qué no iba a hacerlo a otras cosas que realmente son más pequeñas?

Es como si gracias a perder el suelo, me forzase a trepar. 

Volví  a casa justo al año, cuando un virus parecido al que te obligó a partir, se apoderó del mundo. La verdad, sentí pavor a volver vivir lo mismo que con tu partida. Mucho. Así que llegué tan rápido y pronto como pude, para estar junto a la mamá. 

Siempre me has dicho que ella es lo más importante del mundo. Que hay que cuidarla. Así que te hice caso y aquí estoy. Aunque, para serte sincera, cuida más ella de mí. 

Ahora me enfrento a un nuevo demonio. Pero cuando observo la cicatriz de tu partida en mi corazón, me siento más valiente. Sé que pase lo que pase, estarás ahí para darme fuerza y acompañarme.

Aun así, hay días que no puedo evitar centrarme en pensar que ya no habrá para mí momentos plenamente felices. Siempre habrá en ellos un matiz agridulce, en el anhelo de escuchar tu alegría.

También es cierto que te encuentro a veces en el espejo y me reconforto. Veo atisbos de tu inconfundible sonrisa. Es tan solo un instante fugaz, en el que me dejas distinguir tu guiño cómplice. 

Te diría mil cosas más en esta carta. Millones en verdad. Pero creo que ahora tienes el superpoder de sentirlas.

En definitiva, el objetivo era decirte esto. Sentir que queda dicho. Gracias por haber sido el mejor padre del mundo para mí. Gracias por haber sido tú uno de mis maestros. Sin ti, sin tu cariño, tu sentido del humor, tu inteligencia, tu curiosidad, tus aciertos y tus errores, incluso sin los períodos de tu ausencia, no sería quien soy hoy. 

Felicidades Papá. 

2 comentarios en “Carta al Cielo.

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