SAPIENS, ma non troppo (I)

Sapiens ma non troppo es el nuevo libro del neurólogo especialista en migraña y dolor crónico, Arturo Goicochea. 

Se trata de un libro autobiográfico, en el que el doctor recoge su experiencia e hipótesis acerca de esos dolores sin causa.

Me encanta esa frase porque es muy real. Sí, somos homo sapiens. Sí somos inteligentes. Pero oye, que tampoco tanto. 

Aquí una pequeña muestra

Conocí el libro en la entrevista que Marcos Vázquez, creador del blog (enciclopedia para mí y sus seguidores) Fitness Revolucionario, le hizo al doctor en cuestión hace unos días.

Tanto esta frase como el conjunto de la entrevista me hicieron reflexionar. Me ayudaron a recordar algunas de miss historietas o batallas vitales en las que la mente me ha jugado una mala pasada.

La idea que más captó mi atención, en base a la cual giran el libro y la entrevista, fue la de que el dolor lo vivimos en la mente

Voy a intentar explicarla aquí a mi manera, a pesar de que no soy médico ni estoy cerca de ser sanitaria. Ni siquiera he estudiado el bachiller de biología. Así que haré lo que pueda (en cualquier caso, te recomiendo escuchar la entrevista al completo o mejor, leer el libro).

Después de esta aclaración, vuelvo al tema. 

Lo que explicaba el doctor era que, por mucho que notemos un fuerte dolor en la espalda (por ejemplo), esa sensación realmente la estamos viviendo en la mente. No está en la espalda. 

El dolor nos avisa de que es posible que algo suceda en esa zona afectada. Así que tenemos que hacer las pruebas necesarias para comprobarlo. 

En muchas ocasiones, se verá justificado con un daño en la espalda. En ese caso, el dolor (que de nuevo, siempre está en la mente), nos estaría avisando de que hemos sufrido un golpe, desviación, mala postura, etc. Por tanto, tenemos que tomar alguna medida física que lo remedie. 

Hasta aquí bien. 

Lo curioso para mí, es que también pueden haber situaciones en las que nos duela mucho la espalda, pero no tengamos absolutamente nada. Es decir, ningún tipo de desviación, golpe, rotura… nada. Y aún así, notar un verdadero dolor de espalda que no nos deje ni caminar.

Igual con la migraña. Puede que tengamos un fuerte dolor en la cabeza, pero que aún así no tengamos nada que lo explique. Algunos ya tienen sus nombre: fibromialgia, síndrome de fatiga crónica…

Situaciones en las que la mente nos está avisando de un daño en esa zona del cuerpo, a pesar de que ésta se encuentre absolutamente sana. 

En ocasiones esta sensación se alarga tanto en el tiempo, que llega a convertirse en un dolor crónico (que por cierto, ese dolor ya es una enfermedad en sí misma, como explica la doctora Ana Domínguez Ruiz-Huerta en el Podcast de Jana Fernández).

O sea, que puede estar doliéndote la cabeza, la espalda, la nariz, el brazo, la muñeca, los dedos, ¡lo que sea! Pero a lo mejor no tienes nada. 

Así podemos entender que dolor y daño son dos conceptos diferentes. Podemos tener un daño en el dedo si nos damos un golpe, pero el dolor surge en nuestra mente (y no en los tejidos).

Es como cuando salta la alarma sin que nadie entre a robar, como dicen en la entrevista.

Y en esos casos, lo peor es que no hay ninguna solución física ni rápida para disipar el dolor. Porque no hay nada que arreglar.

Ojo, sí existe ese dolor. No se trata de que la persona se lo invente. Pero no existe un daño que lo provoque.

¿Entonces por qué es? ¿Por qué pasa esto?

Al parecer, a la hora de protegernos de enfermedades y dolores, hay dos agentes: el sistema inmune y la red neuronal defensiva. Es decir, ejército protector es el “sistema neuro-inmune”, con sus dos equipos (el inmune y el neuronal).

Y a veces, este gran ejército, a pesar de que con la evolución ha mejorado, también se puede equivocar y causar un mal en nuestro cuerpo en lugar de protegernos.

Esto, que sólo nos pasa a los seres humanos y no a los animales, se debe a lo que cada individuo aprende de su entorno y de cómo detecta lo que es peligroso para él. Por eso sí somos inteligentes, pero tampoco tanto…

Es decir, puede deberse a nuestra imaginación y a la capacidad de imaginar lo que no existe, de adelantarnos a amenazas que parecen reales y activar una alarma falsa.

Simplificándolo mucho, a nuestro estrés y cómo lo gestionamos.

Pero ojo, no se trata del “estrés” del “tengo mucho trabajo”. Tener trabajo y retos puede ser algo muy bueno. 

Se trata de estrés generalizado, de tener constantemente tareas que te sobrepasan, del andar todo el día con prisas, de no saber gestionar tus emociones, de tener una pareja que realmente no quieres, de vivir una vida con los valores de otros, de estar constantemente preocupado por todo… 

Incluso la propia idea de que como sentimos un dolor, es porque debemos tener alguna enfermedad grave, es un estrés añadido en sí mismo.

Ese estrés que enferma nuestra sociedad. 

Ese que generamos nosotros mismos con nuestros pensamientos, con cómo nos tomamos lo que nos llega y con nuestro estilo de vida. 

La razón por la que esto llamó tanto mi atención es porque me sentí tremendamente identificada en una de miss experiencias vitales. 

Pero para que puedas reflexionar sobre esto, te dejo algo de tiempo de desconexión y te la cuento en mi próximo post 😉

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