SAPIENS, ma non troppo (II)

Como te decía en el post anterior, la entrevista me recordó una de miss historietas. 

Aquí va:

Cuando tenía 10 añitos, noches me dormía cada noche soñando con un caballo dorado, de larga melena, dócil… ¡con el que viviría muchas aventuras!

Cuando cumplí 23 y el caballo dorado seguía sin aparecer, decidí buscarlo yo: me apunté a clases de equitación.

Como la escuela estaba un poco lejos y perdida en el campo, me acercaba mi pareja. Él no se animaba a probar, se quedaba leyendo mientras yo disfrutaba de la compañía y belleza de este majestuoso animal.

En busca de mi caballo dorado.

Aprendí con una hermosa yegua. Se llamaba Dama. Marrón, grande, bonita, fuerte. Me encantaba acariciarla. Cuando la montaba, me sentía una reina divina, una guerrera buscando un desafío… Como si juntas nos pudiésemos comer el mundo.

Me encantaban las clases y adoraba estar cerca de ella. Era un momento mágico.

Pero en la última clase, algo pasó. Tenía una sensación muy diferente. El día era gris, hacía frío… Por algún motivo, sentí miedo.

Todavía no consigo saber por qué. Era una sensación, no había ninguna razón en concreto. Tenía la impresión de que ese día no debía hacer la clase.

El caballo es un animal precioso pero también imponente. Con un golpecito te puede hacer un daño del que quizá nunca te recuperes… Esa idea rondaba mi cabeza especialmente aquella tarde.

Además, es un animal muy inteligente. Así que como podrás imaginar, Dama captó mi miedo. Notaba mi postura no era firme y segura.

En su empatía infinita, empezó a sentirse insegura también. Me la imagino pensando “¿Pero qué le pasa? ¿Qué está pasando? ¿Dónde vamos?”.

Para más inri, la profesora nos hizo una jugada un poco extraña.

Mientras los novatos llevábamos al caballo cabalgando a paso suave dando vueltas alrededor de la cuadra, otro más avanzado galopaba por el centro en la dirección contraria.

Cada vez que se cruzaba con nosotras, mis piernas temblaban.

En una de las vueltas, ambos caballos se aproximaron mucho. 

Dama sintió mi tembleque. Percibió como mi piel se erizaba.

Así que, quizá en un intento de protegernos, tomó el control. Se dio la vuelta y empezó a galopar muy rápida.

Yo ahí era incapaz de controlarla, y ni siquiera podía aguantar sentada.

Me fui cayendo hacia su lado derecho. El problema era que ella se dirigía hacia el muro de la cuadra, dejando éste precisamente en el costado en el que yo me encontraba. Es decir, que me iba a estampar seguro si seguía en esa posición.

No lo pensé mucho y me solté antes de llegar, llevándome un buen golpe contra el suelo. 

En ese momento no sé quién estaba más asustado. Si la yegua, la la profesora, los otros alumnos, mi pareja o yo. 

Vinieron todos, me levantaron y me sacaron de la cuadra.  

Ahí me fui recuperando del susto poco a poco.

Me encontraba bien, podía andar, simplemente me dolía la espalda por el golpe. 

De tantas películas que había visto, y recordando la historia del Superman que cayó de su caballo y quedó en silla de ruedas, decidimos ir al hospital para verificar que todo estaba bien. 

Ya te digo, yo podía andar. No debía haber nada roto.

Y aquí viene la parte más interesante de la historia.

Ya nos habíamos mentalizado con que estaríamos horas antes de que me atendieran. Así que nada más llegar a Urgencias, esperando todavía que un médico examinase mi estado, mi pareja y yo nos pusimos a charlar.

Él, para intentar pasar el rato y hacerme reír (todavía no nos conocíamos mucho), comentó: “¿Te imaginas que te tienen que operar? ¿Que te abren la espalda y empiezan a hurgar?”.

Y yo, dando rienda suelta a mi imaginación, efectivamente, lo visualicé. Muy clarito además.

Lo vi tan real… que perdí el conocimiento. Caí en redondo. Apenas me dio tiempo a decir “Cógeme”, cuando dejé de sentir las piernas.

Me pasaron a un estado de urgencia máxima. Ultra máxima. 

5 médicos conmigo. Me pusieron vías, me pusieron no sé cuántas historias, todos muy preocupados. 

Desperté en una silla de ruedas, en el camino a la habitación mientras intentaban darme charla para evitar que volviera a “dormir”.

Qué majos fueron, oye. Me preguntaban que qué me había pasado, cómo se llamaba el caballo, etc. Que les contase todo. 

El médico de urgencia estaba escandalizado, preguntaba a mi acompañante: “¿Por qué no habéis llamado a una ambulancia?”

Y el pobre, en shock todavía por mi capacidad imaginativa, contestaba “si es que se encontraba bien, se reía, estaba caminando tranquila…”.

Me hicieron pruebas y de todo. 

Estuvimos allí horas. 

¿Sabes que tenía? 

Imagina…

Nada

No tenía nada. 

De verdad, absolutamente nada. 

Bueno sí, una imaginación muy potente. Y pavor al bisturí.

Así que ya ves lo que me hizo la mente. Y en cuestión de segundos. Un caso muy claro donde vemos la relación directa del pensamiento y el dolor.

Admito que siempre he tenido facilidad para desmayarme. Es como un don… pero al revés.

Desde entonces intento dar menos poder a los pensamientos en los que imagino dolor. Y gracias a ello, a veces puedo controlar estos impulsos. Últimamente incluso puedo ir a sacarme sangre sin problemas. La justa, eso sí.

No siempre me sale. Si le preguntáis a mi madre o a mi dentista, os contarán la vez que perdí el conocimiento con la extracción de una muela del juicio (y esto, años después del incidente del caballito). *Pero de esta aprendí y pudieron extraerme otras 3 sin nada que lamentar 🙂

Así que me gustó escuchar la entrevista con el Doctor Arturo Goicochea. Porque me ayuda a entender la importancia de la mente en todo lo que nos pase.

Además dan algunas claves o consejos si estás viviendo un dolor que no tiene causa.

El primer paso que en cierta medida consigue un alivio, es saber que el dolor está en la mente.

¿Y a ti? ¿Qué te duele?

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