¿La gente cambia?

Hay para quien cambiar es malo.

Para mí, es algo bueno, siempre que sea un cambio deseado por la persona que lo experimenta, claro está. 

Ayer discutía este tema con un amigo. Para él la gente no cambia. Nunca. Lo decía con un tono negativo. En el sentido de que no tenemos oportunidad de mejorar. 

En su alegato, me ponía de ejemplo a su padre: “Mi padre intentó dejar de fumar durante años, pero no lo consiguió nunca. Por eso pienso que la gente no cambia”. 

“Pero vamos a ver,  -respondía yo, muy indignada-  ¿acaso tu padre realmente quería dejar de fumar? Eso sólo para empezar. Por otro lado, tú no has conocido a tu padre antes de serlo, ¿cómo sabes que no ha cambiado? ¿Y si la paternidad lo ha transformado por completo? Como no le conoces desde antes, realmente no lo sabes. ¿Y si cuando era más joven tenía una actitud ante la vida totalmente distinta? ¿Y si tenía un humor más taciturno? ¿O más alegre y optimista? Tú no puedes saberlo. Ni mucho menos juzgarlo. No conoces la vida de tu padre antes de ti. Ni tampoco la que tiene hoy al margen de ti. Y tu padre es un individuo. Por lo que no puedes afirmar por ello que la gente no cambia”. 

Se quedó callado unos minutos. Lo meditó. Y no le quedó otro remedio que darme la razón jiji

Para continuar con mi discurso, le recordé mi propia experiencia. Uno de los cambios más grandes que he experimentado y que se pueden percibir a simple vista, tanto en mi físico como en mi estilo de vida. Pero donde más lo noto yo es en mi forma de actuar y enfrentarme a retos. 

Venga, te lo cuento. 

Verás, durante toda mi vida, hasta hace unos 5 años aprox., no era nada deportista, ni activa físicamente. Nada de nada. Todo se me hacía un mundo y me daba vergüenza.

También era una fan absoluta de la Nutella. Pizza y patatas fritas con mayonesa, mis platos favoritos.

Cuando tenía 6 años mi madre me apuntó a gimnasia rítmica. Duré unos 3-4 años. Yo era muy vergonzosa y tenía pavor a equivocarme. Como lo hacía muy a menudo, la profesora me reñía. 

Después lo intentamos con clases de ballet. Nada. Me imponía mucho ver a tantas niñas que bailaban muy bien y que tenían unos cuerpos esbeltos. Nada que ver con el mío. 

El siguiente intento fue Taekwondo. Duré un cambio de cinturón. Ese que combina dos colores: el blanco y el naranja. Y ya. 

Durante la adolescencia, “Educación Física” era la clase que menos me gustaba. *Hasta que en el último curso tuve un profesor que me ayudó a cambiar la perspectiva. Sin él, sé que hoy no podría contarte este cambio. Pero eso te lo contaré mejor en otra ocasión. 

En mi etapa universitaria intenté aficionarme a hacer ejercicio de vez en cuando. Era incapaz de adoptar el hábito.

  • Probé yendo con dos amigos a la piscina. Durante un tiempo fue muy divertido la verdad. Duramos un par de semanas. 
  • Después intenté salir a correr con mi pareja por el polideportivo. Incluso salía yo sola de vez en cuando. A medida que pasaban los días, conseguía encontrar todo tipo de excusas: los chicos me miran, esa zona me da miedo, me pongo muy roja, es que voy muy lenta…
  • Llegó el intento de sumarme a la moda del pádel. Cosa que no se me daba mal. Sino realmente fatal. Penosa.
  • El voleibol-playa fue otro de los deportes que probé a través de clases. Y debo decir que me encantaba. La verdad, me divertía mucho. El ambiente era estupendo. Y el mar siempre era una ayuda. Además la profesora, Nadia, hasta me animaba. Pero me costaba llegar a las clases entre semana, en invierno hacía frío… salían las excusas. En fin, no conseguí continuar en período de invierno y perdí el ritmo. 

Por supuesto, todo lo iba intercalando con períodos de gimnasio. Era la típica del “circuito de chicas” y de aguantar lo máximo en la cinta. Cardio a tope.  ¡Qué poquísima idea tenía!  No lo disfrutaba, y en cuanto tenía un poco de trabajo o agobio, dejaba de ir. 

Pizza lover. En Barcelona.

Pero un día algo me hizo click

Mientras vivía en Barcelona, una mañana de esas de domingo perezoso, me desperté, fui al baño y me miré en el espejo. Tenía tan sólo 26 años, pero ya me empezaba a costar reconocer mi cuerpo. Mis caderas querían llevarse todo el protagonismo, digamos. Mis brazos asomaban cada vez más grandes y blandos. No distinguía ningún músculo en mi pierna. La verdad, no me gustó ver esa imagen. No quería seguir ese camino. Quejándome de mi físico, frustrada y sin hacer nada.

Coincidía con el despegue de las RRSS. Me empecé a aficionar, a mirar y leer lo que personas del mundo de la salud y del fitness publicaban en Instagram y YouTube. Médicos, nutricionistas, entrenadores y deportistas.

Abrí la mente a cosas que hasta ese momento veía de “chul@s del gimnasio” y de “obsesionad@s con su físico”. Un mundo que veía tan lejos del mío como a Plutón de la Tierra. 

Dejé de lado esos prejuicios.

Y empecé a aprender. 

Era consciente de que había mucha mentira, exageración e intrusismo. Así que intentaba contrastar lo que decían unos y otros. Escuchaba a varios y me iba formando una idea. 

Decidí dar un paso más y comprometerme con ello. Ya no sólo por el físico, sino porque veía las implicaciones de no moverse, y la verdad, quiero llegar a ser abuela y levantarme por mi cuenta de la cama.

Estrenando las zapatillas.

Por un lado, dejé de tomar azúcar. En este momento, elegía con mayor cuidado mi alimentación, aunque sin saber. Por ejemplo, caí en el error de pensar que el sirope de ágave o la miel no eran azúcar. También comía crema de cacahuete como si fuera un producto light. Errores que son parte del proceso de aprendizaje.

Cuando no sabía que había que remojar la chía antes de ingerirla.

Por otro, me propuse hacer las 12 semanas del programa de entrenamiento de Kayla Itsines. Lo cumplí al 100%. Eso me sirvió para motivarme y aprender a disfrutar del ejercicio. 

Cuando lo terminé, ya tenía el hábito. Y quería seguir con ello, con ejercicios adaptados a mí, pero no sabía cómo. Por eso busqué la ayuda de un profesional. 

Exhausta y contenta.

Preguntando e investigando (¡gracias Lotaire!), encontré a uno. Alex Yañez. Le visitaba cada 2-3 meses y además, podía ser online. 

Él me mandaba las rutinas y un plan de alimentación, y yo lo cumplía. Ahí sí que aprendí.

Organicé mis prioridades y mis rutinas. Cuando viajaba por trabajo, también me las apañaba para buscar un gimnasio, elegir los platos adecuados y seguir con ello.

Mi pareja se medio sumó al carro, pero a mí eso no me importaba realmente. Era su salud y su vida. Yo tenía muy claro mi camino.

Estaba totalmente comprometida conmigo. 

Y me sentía absolutamente genial. 

En uno de los gimnasios.

Debo decir que salir del típico “circuito de chicas” fue fantástico. Empezar a jugar con las pesas, hacer los ejercicios, sentir mi cuerpo con el movimiento… era una especie de meditación física. Le encontré el gusto. 

¿Y el cambio de alimentación? Magnífico. Eso sí, pasé un duro un proceso hasta que acostumbré al paladar. Pero cada vez que comía productos de dudosa salubridad o hacía los famosos “Cheatmeals”, me encontraba peor. Así me di cuenta de lo bien que te puedes sentir retirando los ultraprocesados y los cocinados de cierta forma desaconsejable, al máximo.

Además empezaba a verme mejor y eso siempre ayuda. Estaba repleta de energía. Mucho más activa que cuando tenía 15-20 años. 

Unos meses después, pasé por una de las etapas más duras de mi vida. Había dejado mi trabajo, volví de Barcelona, y mi padre dejó este mundo.

El ejercicio se convirtió en mi mayor aliado. Era mi motivación para levantarme cada mañana. 

Mis ojos se abrían por voluntad propia sobre las 6 am, me vestía, me iba al gimnasio, entrenaba y volvía a casa de bastante buen humor y con ganas de vivir a tope de power.

Ese primer contacto con entrenar a primera hora y en ayunas, me salvó de caer en el agujero negro de la depresión. 

Y es la rutina que hoy tengo totalmente integrada. Me encanta hacerlo así. 

Durante la pandemia, contraté a una entrenadora que me ha ayudado a seguir entrenando en casa, y a implantar otro hábito: el de correr

Sesión en casa.

Nunca había sido capaz de aguantar más de 30 minutos y dando gracias. Ahora lo disfruto. Te aseguro que nunca imaginé que podría gustarme correr. Empecé con el grupo de entrenamiento, poco a poco siguiendo los consejos de la experta. Y cada vez estoy mejorando más. 

¡Ahora me encanta! ¡Gracias Isabel!

¡A correr!

El siguiente hábito que quiero implementar es el de meditar a diario. También llevo muchos años tonteando con ello. Lo hacía un par de días pero lo dejaba después.

Practicar Yin Yoga me ayuda, porque precisamente es un tipo de Yoga más calmado que busca ese tipo de armonía. La clave es sentarse y hacerlo.

En este momento sé que lo necesito. Y estoy en ello. (Espero escribir sobre ello en un par de meses, contándote que ya es parte de mi rutina 😉 ).

Así que, ¿la gente puede cambiar? 

Yo he pasado de ser bastante sedentaria a considerarme una persona activa. Y animo a todo el mundo a probar esta actitud, porque es potenciadora de otras virtudes.

¡De viaje!

Claro que también he cambiado en muchos otros aspectos. Por ejemplo, no tengo tanto miedo en general. Ni a estar sola, ni al rechazo. Y si lo tengo, soy más lanzada. Me veo más capaz que antes en aquello que me proponga. Porque sé que el cambio es posible. Te aseguro que no era así tan sólo hace unos años. Y lo que me queda…

 

Por eso yo afirmo que sí, la gente puede y en parte debe, cambiar. 

Al menos, hacer un parón habitualmente para cuestionarte si quien estás siendo hoy, es realmente quien quieres ser. 

Una vez hecha esa reflexión, sólo te quedará SER.

¿Tú qué crees? ¿La gente cambia?

3 comentarios en “¿La gente cambia?

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