Para qué entrenar.

Muchos relacionamos el ejercicio con el interés en ganar o perder peso. Sobre todo el último. 

Cuando alguien dice “quiero perder peso”, se le da como solución cuidar su alimentación y hacer ejercicio físico. Cuando el objetivo es ganarlo, son los mismos ingredientes aplicados de otra manera. 

Reconozco que yo también empecé a entrenar deseando una bajada de kg. Decidí comprometerme con ello cuando veía que mi cuerpo iba cogiendo peso. Hacía malabares para comer menos calorías, comer alimentos pensando que ingiriéndolos adelgazaba, pegándome atracones y fiestas los fines de semana como premio de haber cumplido durante la semana,  y tonterías del estilo. Como realmente no tenía idea, elegía cualquier dieta y la báscula me demostraba que por ahí no era.

Así que mi “para qué entrenar” empezó hace 5 años, por el deseo de perder peso y ser atractiva. Convertirme en una chica más sexy, vaya.

Puedes pensar que fue una decisión superficial. Quizá sí. Lo cierto es que no me parece algo negativo. Todo cuerpo necesita una “superficie” para existir. Es tan importante cuidar lo que hay dentro como lo que hay fuera.

Empecé a escuchar a personas que realmente sabían del tema, a aprender de ellos y a moverme a diario. Aplicar realmente lo que recomendaban. 

Tras un período de unas 12 semanas en el que cumplí con todo y me sentí comprometida, decidí contratar a un entrenador y nutricionista. Me mandaba un plan para el gimnasio y otro nutricional, adaptado a mis necesidades y circunstancias.

La verdad es que el principio fue duro. Tenía que encajar 5 días de gimnasio a la semana, viviendo en Barcelona (lo que suele dificultar desplazamientos, etc.), con viajes laborales de vez en cuando… Mi pareja no se sumó al principio a mi carro, así que tenía que hacer dobles esfuerzos en casa para no caer en las tentaciones que él compraba. Estuve a punto de tirar la toalla y volver a mi vida de siempre, con mis rutinas y mi báscula in crecendo. 

Pero resistí y me acostumbré. Encajaba como podía los planes y si algún día no podía, no lo tiraba todo por la borda, sino que seguía el plan el resto de días. No imaginaba que tan sólo unos meses después, esta rutina sería la que me salvaría de la depresión y el derrumbe…

Te sigo contando. 

La vida en Barcelona no estaba resultando grata para mí. Después de año y medio en esa ciudad, la relación que mantenía desde hacía años, terminó. Por otro lado, veía que no tenía progresión en mi trabajo. Y por algún motivo, vivir allí era como estar en terreno hostil para mí. Sentía que no tenía motivos para continuar en ella.

Barajé la posibilidad de irme a Australia, país con el que sueño desde la Universidad. Pero mi instinto me decía que volviera a casa. Menos mal que lo hice.

Regresé al hogar alicantino justo antes de la mejor época, el verano. Soltera, sin trabajo pero con ahorros, sin gastos ni obligaciones… imagínate el verano que pasé. Disfruté como nunca. Estuve junto a mi familia y amigos de siempre. Mis mejores amigas se casaron, tuve fiestas, conocí gente… Aquel verano queda grabado en mi mente como una de las mejores vacaciones vitales que he tenido nunca. 

La libertad para gestionar mi día me permitió coger el gusto a ir al gimnasio con tiempo. Algunos días desayunaba, iba a la playa y entrenaba justo antes de comer. Otros, me levantaba temprano, salía a entrenar y después empezaba el día repleta de energía. La elección dependía del plan, del momento y de cómo me apeteciera hacerlo. Me adaptaba, pero tenía muy claro que entrenar no era una opción. Lo había elegido como una prioridad. 

En aquel momento encontré una App en el Iphone que se llamaba “Podcast”. No tenía ni idea de lo que era. Explorando, me llevé la grata sorpresa de encontrar programas y personas súper interesantes. Algo que hoy en parte, me ha ayudado a cambiar mi vida y mi mentalidad limitada. Además me ayudaba a disfrutar más mi rutina en el gimnasio, porque los escuchaba mientras hacía los ejercicios pautados.

Pasó el verano y tímidamente empecé a buscar trabajo, sin saber en qué. Un poco a diestro y siniestro. Me apunté a un par de cursos para jóvenes que organizaba el ayuntamiento, que me ayudaron a pensar y decidir qué quería hacer en los próximos años.

Y entonces, viví uno de esos grandes golpes vitales. Esos tortazos que llegan sin avisar. Mi padre enfermó el día antes de mi cumpleaños y nos dejó una semana después. Rápido. Sin más. Sin prepararlo. Sin esperarlo. Sin despedirnos.

No pretendo hacer un drama de ello. Dolió, claro. Lo que duelen las pérdidas tan cercanas, tan amadas. 

Me sentí a oscuras. No tenía trabajo. Tenía miedo. Estaba perdida. No encontraba un “para qué”. No sabía qué hacer. Ni por qué. Ni cómo. No tenía respuestas, tan sólo preguntas.

Muy a mi pesar, los días seguían amaneciendo. La vida, mi vida, seguía pasando. Aunque yo no supiera cómo ocuparla y no divisara un futuro.

Fue en este momento en el que la constancia y la disciplina me salvaron. El ejercicio, el levantarme para salir al gimnasio, fue vital para no caer más bajo. A nivel psicológico y vital. Ese hábito que había ido construyendo desde un año atrás, vino a salvarme en ese preciso instante. Me motivaba a levantarme de la cama cada mañana. Me llenaba de endorfinas (la hormona de la felicidad) y sentía mi mente más ligera (que no mi corazón, eso lleva otros procesos). 

Levantar peso me hacía sentir como Wonder Woman. O como la Vida Negra, de los Vengadores. Me sentía -y me sigo sintiendo- una guerrera. Fuerte, poderosa, capaz de todo.

Suena a tonto, pero nunca había hecho algo así. Nunca había conseguido levantar esos pesos ni ser tan constante con el ejercicio. Si había podido adaptarme a eso, ¿qué no iba a conseguir?

Con esa sensación de guerrera, al llegar a casa era capaz de sentarme y decidir qué iba a hacer con mi vida. Buscar mi propósito. Encontrar respuestas. Pero esta es otra historia. 

Las decisiones que tomé en ese momento supusieron un cambio de profesión y de vida. Tanto, que me llevaron a mudarme de nuevo, esta vez a Madrid. Otra gran urbe, donde ciertas rutinas, como la del ejercicio físico, se complican. Para mantener este adorado hábito, me levantaba casi cada día a las 5.45 am. Me iba al gimnasio más cercano (15 min andando, 8 corriendo), entrenaba y a las 9.00 am estaba sentada en la oficina, situada en otro municipio. Fue difícil, pero lo mantuve porque no hacerlo era más duro. 

La pandemia me volvió a llevar a mi querido Mediterráneo. Y desde aquí, lo mantengo y lo necesito. El ejercicio se ha convertido en una parte de quien soy. Está entre mis prioridades diarias. Si bien ahora no voy al gimnasio (decisión que tomé a raíz del virus), he invertido en “juguetes” para casa, como solución temporal. 

Además, he aprovechado este momento como una oportunidad para aprender a correr, que era asignatura pendiente. Volví a contratar a una entrenadora, cuyo programa y consejos han vuelto a salvarme en este período de teletrabajo e inactividad.

Te lo aseguro, cada día que levanto hierros o salgo a correr, me siento increíblemente bien… Es medicina pura mi cuerpo, mi mente y mi corazón. Mi ánimo mejora considerablemente y me siento de mejor humor. En definitiva, me ayuda a vivir mejor.

Unos días hago entrenamientos más intensos y otros son más relajados. Desde HIIT o series, días de fuerza máxima, hasta sesiones más tranquilas de movilidad y core. Todo siguiendo el plan de entrenamiento de una profesional.

No todo es ejercicio de alta intensidad, por supuesto. Las sesiones más tranquilas son vitales para conseguir un equilibrio. Escuchar al cuerpo y darle descanso si lo pide, es vital. Ojo, no cuando la mente habla a través de la pereza, sino el cuerpo. 

En estos momentos me estoy esforzando por incluir en mi rutina semanal actividades como el yoga. Ya no para el cuerpo, sino para el alma. *Esto también es otra historia. 

Y lo que he aprendido es que para que realmente tenga efectos a largo plazo, hay que mantenerlo para toda la vida. No vale un período. Es para siempre. 

Así que ahora mi “para qué entrenar” ha cambiado. Ahora entreno para vivir

Lector/lectora, no sé si eres el tipo de persona que le cuesta tomar el hábito. Quizá eres de los que no se lo plantean o quizá eres deportista nato. 

Si estás en esos primeros grupos, mi intención es ayudarte a que te lo tomes de otra forma. No pienses que es una exigencia, ni que tan sólo es para perder/ganar peso o verte mejor. Eso son consecuencias. A la larga, es un regalo para tu vida, a nivel físico, mental y emocional.

Lo agradecerás cuando te vayas haciendo más mayor, sufras menos dolores y seas capaz de moverte con más agilidad.

Cuando te adaptes a ello (algo que se llega con la repetición, constancia y disciplina), notarás estos beneficios. Al principio no. 

No tienes por qué seguir un entrenamiento concreto. Elige el que te guste, sea el que sea. Empieza por ahí. 

Ya me contarás si te animas y te adhieres. Tanto si eres de los motivados como si no, cuéntame, ¿Qué te gusta hacer a ti? 

3 comentarios en “Para qué entrenar.

  1. aikido.
    El “do” en muchas artes marciales japonesas: aikido, judo, karatedo (inicialmente) se refiere al camino, la via, como algo que adquiere consistencia cuando vas por el. El mismo nombre no hace referencia a un lugar a donde habria que llegar sino a un camino que hay que recorrer.
    Creo que hay algo de esta idea en lo que mencionas aqui ^^

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    1. Me encanta este concepto, me ayuda mucho además. Es fácil perderse en el deseo, en la meta a la que quieres llegar y que nunca alcanzas. Y lo más curioso es que en la mayoría de ocasiones, una vez lo consigues, pierde parte de su valor. De ahí que el camino sea en sí el objetivo… Me gusta mucho 🙂

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