Cómo el año en el que más perdí, me está ayudando a ganar hoy.

Es archiconocido que todos pasamos por períodos buenos y otros malos. Unos fáciles y ligeros y otros más sufridos. Cuando estás en uno bueno normalmente no te das cuenta. Te das cuenta cuando aparece la nostalgia a posteriori. Los malos, en cambio, suelen ser más evidentes. 

Uno de esos momentos más bajos para mí fue durante el 2017 (y sus consecuencias más duras en 2018). Lo recuerdo como el año de mis pérdidas. Perdí amor a raudales, después dinero y también seguridad. Y me llevé mucho dolor a cambio. 

Hoy, unos años después, compruebo que aquel año ha sido un gran potenciador en mi vida. Me obligó a parar, ser consciente de lo que estaba sintiendo, y tomar decisiones. Ahora me doy cuenta de que fue el arranque de una evolución que cada día veo más grande. 

¿Quieres que te cuente qué me pasó? 

Bueno, te haré un resumen. 

Al inicio de 2017 vivía en Barcelona. Me había mudado allí el año anterior por amor. A mí no me entusiasmaba la ciudad, pero sí deseaba estar junto a mi pareja después de haber experimentado un período a distancia. 

Vivíamos en una casa de nueva construcción situada en una zona estupenda, justo tras la Diagonal, muy cerca del Paseo de Gracia. La pega es que era tremendamente pequeña. ¡Tanto, que ni siquiera cabía una estantería para libros! Se trataba de un loft de un único espacio, con una cama sobre la cocina, a la que sólo se podía acceder de rodillas. 

Tenía una pinta muy cuca.

Al principio pensamos que sería divertido y cómodo, porque estaba cerca de las zonas más agradables de la ciudad. 

No fue así, para nada. La falta de intimidad en una casa tan pequeña y la reducción del espacio jugaron una mala pasada en nuestra relación.

Por otro lado, yo trabajaba para una consultora de hoteles. Disfrutaba muchos aspectos de mi trabajo, pero la empresa también era muy pequeña, no tenía compañeros con quienes hacer migas y con los meses, empecé a no estar tan cómoda.

Conforme avanzaba el año, irremediablemente me iba sintiendo muy triste y sola. No había conseguido hacer amistades y cada día estaba más incómoda en mi puesto. La situación en general afectaba también la estabilidad con mi pareja. 

Me sentía muy abatida. Veía todo bajo un prisma muy pesimista. Todo me parecía negro. Como si fuera una víctima de mi situación. Olvidaba que fui yo misma la que eligió dar todos aquellos pasos. 

Me metí en tal bucle de amargura, que llegué a un punto en que no quise soportarlo más. Cuando llevaba más de un año viviendo allí, mediados del 2017, decidí dejarlo todo. “Ya está, hasta aquí he podido llegar”, dije un día. 

Rompimos, dejé el puesto y huí. 

Salí por patas.

Regresé a mi “campamento base”, el apodo que cariñosamente le he dado a mi ciudad, Alicante. 

Llegué justo para el verano, la mejor época del año. Era un momento encrucijada, de esos en los que tienes que pensar qué vas a hacer después. Pero me sentía tan saturada y exhausta, que decidí tomarme unos meses para mí, sin buscar trabajo. El nuevo objetivo temporal era descansar y hacer lo que me apeteciera. 

Y qué te voy a contar de ese momento… lo disfruté a lo grande. Salvo las noches en las que el duelo por haber dejado una relación y el miedo ante un futuro incierto, en general disfrutaba de volver a estar junto a mi familia (hacía años que no sucedía). Nos reunimos todos (nos juntamos quienes generalmente vivimos fuera), y disfrutamos de varios días juntos. 

Volví a ver a mis amigas y amigos de siempre, los de toda la vida. Los que te han demostrado que te quieren pase lo que pase. Y a los que tú quieres de la misma forma. 

Conecté con el ejercicio y con la alimentación saludable, porque me ayudaban a mejorar mi humor y me devolvían la vitalidad. En Barcelona inicié estas rutinas, pero fue en Alicante donde conseguí integrarlas en mi día a día con total normalidad.

Leí todo lo que pude. Vi películas. Salí de fiesta. Hice paseos por el monte… 

Mi mejor amiga se casó en esa etapa. Su boda y sus dos despedidas de soltera son ahora recuerdos hermosos para mí. Quedaron grabados en mi memoria de una Ana más infantil e inocente. 

Llevé bien el duelo por lo que había perdido en Barcelona gracias al amor y cariño que recibía por parte de mi familia, mis amigos y de mí misma. 

Sigo. 

El último mes del año, con la llegada del frío, llegó lo que para mí fue “el tsunami que colmó el vaso”. 

El día antes de mi cumpleaños ingresaron a mi padre en el hospital, por una neumonía. A la semana, para cuando pensaba que el médico le daría el alta, no se despertó. En palabras de la Vecina Rubia, se fue al arco iris de los papás. 

Como podrás imaginar, aquello me dejó devastada. La sensación era como si me hubieran quitado el suelo por el que pisaba.

Esta clase de pérdidas tan cercanas, cada uno las vive de una forma. No se pueden, ni se deben, hacer comparaciones. No tienen ningún sentido. 

En mi caso, una de las cualidades que se llevó mi padre fue parte de la seguridad que sentía en el mundo. Su mera presencia era un estabilizador, un pozo sin fondo de conocimiento, amor y comprensión. Escuchar su voz al otro lado del teléfono era un relajante natural para mi corazón. Encontraba siempre el discurso perfecto que conseguía que te

sintieras mejor. 

Sin duda, fue lo más doloroso de aquel año. Y a la vez, de lo que he sacado ahora mayor crecimiento y fuerza. Hoy me siento más resistente. Tengo menos miedo a perder, porque ya sé lo que se siente. Y sé que es superable. 

*Inciso para aclaración no solicitada:

Sé que mis vivencias no son de lo más doloroso en el mundo. Soy consciente de que hay muchas personas que lo están pasando mil veces peor y no pretendo compararme con nadie. Estas son algunas de mis cicatrices vitales, de las que hoy te cuento una parte. Y sé que cada uno tenemos nuestras propias batallas vitales. Me animo a compartir las mías por si alguien le sirve de referencia.*

Sigo.

El período que siguió aquella etapa fue emocionalmente muy estresante. Tanto, que afectó a mi salud de una forma que aún hoy me da sorpresas desagradables. *Esta es otra historia que ya te contaré. 

Cuando noté que me sentía mal, que mi salud lo notaba, decidí contratar a una psicóloga que me acompañara en el camino del duelo.

Con ella como guía, me atreví a afrontar la pena y la tristeza. Ese miedo y vacío que te sobrevienen cuando se va alguien tan querido. 

Y lo que pensaba que sería un trabajo de un período puntual, resultó ser el inicio de un camino interminable. Hoy continúo con ese aprendizaje y me doy cuenta de que el análisis, el trabajo interior o crecimiento personal (según cómo lo llames), no tiene fecha de fin. 

Empiezas un día por algún motivo que enciende la chispa, y descubres tantos aspectos ocultos de ti, de cómo funcionamos los seres humanos, de los patrones que aprendes, de las creencias que has de desaprender, de la víctima que llevamos todos dentro… que te embriagan las ganas de saber más y mejorarlo. 

No termina nunca, porque continuamente te van sucediendo nuevas cosas que te chocan y te obligan a aprender. Y comprendes que a la vez que ves luz en ti, te acompaña también una sombra de la que es mejor aprender.

Me di cuenta de que cuando te atreves a responsabilizarte de tus pensamientos y de tus elecciones, la vida se convierte en algo mucho más llevadero. 

También aprendí que la vida no es justa ni injusta. La vida es. Sin más. No podemos ser jueces donde tan sólo somos parte. Nos queda la elección de aceptarlo y vivir con ello, o rechazarlo y estancarnos.

Así consigo ver el mundo de una manera más amable y menos miedosa. He recuperado parte de la seguridad y del amor que volaron aquel año al cielo, porque hoy siento que caminan conmigo. 

Y aunque sé que me queda mucho por aprender y más aún por mejorar, tengo la confianza suficiente en mí misma y en el mundo como para atreverme a hacerlo. 

Por eso, el año en que más perdí es el que más me está ayudando hoy. 

¿Te ha pasado algo parecido? ¡Cuéntame!

2017

Un comentario en “Cómo el año en el que más perdí, me está ayudando a ganar hoy.

  1. Pingback: Miss Fuentes

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