Ay ay, el estrés…

Como te conté en este artículo, 2017 fue un año con muchos cambios. 

Pero el que le siguió no fue mucho mejor. Fue el año de adaptación a la pérdida y supuso también la toma de grandes decisiones. No conseguí reducir el nivel de ansiedad, aunque pensaba que lo estaba haciendo. Ahora, haciendo retrospectiva desde la facilidad de la distancia, veo que lo incrementé. 

Nunca he sido una persona especialmente gritona, ni me enfado con demasiada facilidad, así que no suelo exteriorizar los nervios. Sólo las personas que me conocen muy bien, pueden adivinar cuando me encuentro alterada. Tragarme aquella ansiedad y hacer como si no pasara nada, terminó afectando a mi salud de un modo que aún arrastro a día de hoy.

Las primeras consecuencias de aquello se mostraron a través de cambios en mi ritmo de sueño. Me costaba mucho encontrarlo. Y cuando conseguía dormirme, hacerlo más de 4 horas seguidas se convirtió en algo anecdótico. Me despertaba cada noche sobre las 4 de la madrugada, sin ganas ya de seguir en la cama. Me forzaba a permanecer un par de horas más, porque era consciente de que tenía que descansar. Pero alrededor de las 6 ya no aguantaba postrada, me enfundaba en mi ropa deportiva y salía a hacer ejercicio.

Esa dinámica se alargó en el tiempo, lo que me llevó a perder unos kilos de más, y después, el período menstrual

Al principio casi me alegré de no tener esos “días del mes”, ¿sabés? ¡Qué bien librarse de las molestias! No sabía las consecuencias de no menstruar, aunque intuía que no eran buenas…

Al pasar los meses, empecé a preocuparme más, así que buceé por Google y Youtube, buscando profesionales que explicaran lo que me pasaba y cómo lo podía solucionar.

Averigüé algunas de las consecuencias que una ausencia de la menstruación mantenida en el tiempo, y algunas las he ido contrastando. Por lo que sé, pueden ser: 

  • Caída del pelo.
  • Dolor de cabeza. 
  • Falta de concentración.
  • Acné.
  • Envejecimiento acelerado.
  • Dolor pélvico.
  • Esterilidad. 
  • Problemas gastrointestinales.
  • Inflamación.
  • Cambios a nivel fisiológico, psicológico y cognitivo.
  • Osteoporosis (debilitamiento de los huesos). 

Y algunos más. 

Poca broma, ¿eh?

En ese momento, consulté con varios ginecólogos. Mis órganos estaban bien, así que no sabían darme una razón para lo que me pasaba. Me decían que esperase, que ya me vendría. Continuaron pasando los meses, incluso el año, hasta que di con una profesional que fue mucho más empática y me explicó lo que me sucedía, como hacen esos otros médicos en YouTube.

Te cuento más o menos lo que yo entendí (ya sabes que no soy personal sanitario, así que haré lo que pueda): una vez han pasado unos 3 meses sin tener el período, se trata de amenorrea. En este momento hay que descartar otros problemas: quistes, ovarios poliquísticos, etc. Si todo parece “correcto”, y no hay una causa aparente que explique la falta de ovulación (parece que estuvieras en la menopausia), se considera amenorrea hipotalámica

Simplificando mucho, significa que desde el cerebro no se están mandando las señales adecuadas a los ovarios para que trabajen. Como no reciben su “salario”, el endometrio y los ovarios deciden tomarse unas vacaciones, digamos.

¿Por qué sucede esto? 

No hay una certeza concreta, ni tampoco una solución específica. Es más complejo de lo que puede parecer. Pero de nuevo, resumiendo mucho, cuando la mente se estresa, sufre ansiedad o si se pierde rápido muchos kg, etc., avisa al cuerpo de que la persona (en este caso, la mujer) está en peligro. Si esa situación se mantiene en el tiempo, mente y cuerpo entienden que no es momento de quedarse embarazada, “algo debe estar pasando ahí fuera, este no es un entorno seguro para cuidar de un bebé”. 

Así que la propia mente dice “venga, pues cortamos el grifo hasta que la situación se calme”. Y el cuerpo obedece dejando de enviar esas señales, lo que desencadena otros procesos, como las consecuencias que he descrito más arriba. 

Y cuando hablo del estrés, no me refiero al que solemos pensar primero, el estrés laboral. Se trata de un concepto más grande, que abarca cómo percibes el mundo y sientes la vida que tienes. ¿Te sientes en un entorno seguro o crees que mañana mismo podrías perderlo todo? ¿Confías en que pase lo que pase, saldrás adelante, o te ves vulnerable e indefens@? ¿Te exiges a ti mismo tenerlo todo controlado o fluyes con el día a día? 

Ahora me estoy dando de cuenta de que esto, que parece una chorrada wonderfulista, es MUCHO MÁS IMPORTANTE de lo que entonces pensaba.  

Ya no sólo porque tomas las decisiones de tu vida en base a esa visión, sino porque además, el cuerpo escucha esos pensamientos, los interpreta y responde

En mi caso, mi cuerpo me mandó la señal de que algo no iba bien con la pérdida del período. Primera señal. Aun así, yo mantuve mi nivel de “estrés vital y mental” elevado

Me mudé a la capital, me organicé un día a día aún más ajetreado (dormía unas 5 horas, madrugaba para entrenar, salía corriendo a trabajar a una oficina que me quedaba lejos, llegaba por la noche y muchos días seguía trabajando hasta la media noche). Tampoco me relacionaba demasiado más allá del trabajo y mis compis de piso, intentaba trabajar/leer/estudiar lo máximo… Y me estresaba porque me costaba concentrarme. Intenté arreglarlo centrándome sólo en la nutrición, pero no era suficiente. No había manera de recuperarme si no calmaba mi mente. 

Gracias a la pandemia, pude regresar a mi ciudad natal, mi “campamento base” cerca del mar, donde me es más fácil sentir calma. Aquí conseguí relajarme, al menos durante un tiempo. 

Empecé a correr ¡por primera vez en mi vida! Algo que imaginaba desde pequeña, que no cumplí hasta el 2020…

Conseguí dormir 8 horas del tirón, contraté a unos estupendos entrenadores para ir mejor guiada con el ejercicio (con ellos aprendí que “mejor no es más, es mejor”), comer en mayor abundancia y según una dieta personalizada y concreta, me relacioné de nuevo con amig@s de toda la vida y con mis seres más queridos a diario, y, sobre todo, volví a trabajar en mi interior. Retomé el contacto conmigo misma, meditando, pensando, haciéndome preguntas y hablando con diferentes profesionales.

Al cabo de unos 2-3 meses cuidando estos hábitos, recuperé el período, después de más de 2 años sin él.

La verdad es que en este sentido, la sensación del verano 2020 fue genial. Me tomé un respiro de mis preocupaciones. Frené. Disfruté. Conecté. 

Pero como suele pasar, la montaña rusa de la vida no se detiene. Con la llegada del invierno, la certeza de que me faltaba “algo”, la llegada de proyectos estresantes y otros cambios, volví a entrar en un estado de inflamación interno, que confundió a mis células un poquito más. Volví a perder el período y además, estoy en diagnóstico de otra alteración, que de confirmarse, sería peor que las consecuencias anteriormente descritas. Pero esto es tan complejo y largo de contar, que merece su espacio en otra historia.

Sé que puede sonar contradictorio o confuso, pero lo más bonito es que en el fondo me siento muy agradecida por estos desafíos que se van presentando. La torta de realismo me ayuda a mirarme en un espejo más equilibrado, en el que veo el paso del tiempo, la relevancia de mis decisiones en el vaivén de mi vida y el poder que tengo para influir en ella.

Si no fuera por todo esto, no estaría aquí sentada escribiendo y contándote estas cosas. No daría un duro por los sueños que tengo. Seguiría teniendo miedo a vivir. 

Te lo cuento por si acaso. Por si a lo mejor mi experiencia también te sirve. Por si te ahorra malos tragos y si te anima a tomar decisiones que te eleven.

¿Para qué guardarlo, no?

En un mundo de cuantiosas elecciones, lo bonito de hacerte consciente de tu vulnerabilidad, es que te deja con tan sólo dos: bien te aferras al miedo, te ocultas y te proteges hasta el final de tus días; o bien, sacas el fuego que llevas dentro y empiezas a confiar en que pase lo que pase, lo harás lo mejor que puedas, aunque no salga como tú deseas.

Hoy elijo la segunda opción.

¿Y tú?

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