“Michaele E. Uslan, ven a comer, no te lo repito más”, solía decirme mi madre. Me sumergía hasta tal punto en las viñetas de Batman, que olvidaba la hora de comer. 

Me fascinaban los comics, leer las historias en movimiento me hacía sentir vivo. Pero en la época de los 60 no se consideraban una forma válida de entretenimiento. Se tenía el concepto de que era infantil, algo que debías dejar a medida que crecías si querías ser alguien importante en la vida.

No fue mi caso. Me cautivaban tanto, que nunca quise dejar de leerlos. Desde niño he coleccionado todos los que han caído en mi mano. Habiendo nacido en Nueva Jersey en el año 1952, tuve la suerte de acceder con cierta facilidad a primeras ediciones de historias tan emocionantes como las de Batman o Superman. Llegué a tener hasta 30.000 libros de mis historietas favoritas.

Mi preferido con gran diferencia era Batman. Por aquél entonces, la mención de este personaje venía siempre acompañada de las onomatopeyas BANG, WHAM y BOOM. Pero no era eso lo que yo visualizaba. Sé que veía lo que Bob Kane y Bill Finger tenían en mente. Una ciudad oscura, plagada de crímenes serios, y un hombre que se había hartado de ellos. Un caballero oscuro que quería erradicar el crímen que tanto le había hecho sufrir. Estaba totalmente embelesado por esa historia. 

Tenía claro que cuando fuese mayor, viviría de esas historias. No sabía cómo, aunque imaginaba que en el cine. Sin renunciar a mi sueño y por azares del destino, decidí estudiar Derecho en la Universidad de Indiana. Mientras estudiaba, escribía. Llegué a mandar 130 hojas de historias, esperando que fueran mi puerta de entrada al mundo de Hollywood. 

Un día, de camino a mi facultad, encontré un anuncio que habían publicado en el corcho. El Colegio de las Artes y las Ciencias quería poner en marcha un Departamento Experimental, por el cual si tenías algo que enseñar que fuera una materia “no tradicional”, y si convencías a los Decanos de que valía la pena, invertían dinero en ti para que desarrollaras un curso sobre ello. 

Me pareció fascinante, era mi oportunidad. Me puse manos a la obra y creé un curso que en mi opinión, estaba a la altura de ser impartido en cualquier universidad. Pero faltaba la parte importante, venderlo a personas más tradicionales que probablemente no valorarían su contenido. 

Me presenté delante del tribunal y expuse mi curso. La respuesta fue que no. El decano de hecho me miró a los ojos y me dijo “Los comics son entretenimiento barato. Yo le entiendo y aprecio lo que intenta hacer, también me gustaban mucho de pequeño, mi favorito era Superman. Pero no es parte del folclore, es basura, y es algo que no podemos enseñar en una Universidad”. 

Yo recibí el comentario con una punzada de dolor, pero no estaba dispuesto a dejarlo ahí. Le respondí con una pregunta: “¿Está usted familiarizado con la historia de Moisés?” a lo que respondió que sí. Le pedí si por favor, me la podría resumir, a lo que sorprendentemente accedió. “Una pareja hebrea tuvo un bebé en una época en la que el Faraón egipcio había ordenado aniquilar a todos los recién nacidos. Desesperados, pusieron al niño en una cesta de mimbre y la lanzaron al Nilo con la esperanza de que sobreviviera. La princesa egipcia la encontró y decidió adoptar al niño y educarlo como uno propio, quien cuando creció se convirtió en el héroe de su pueblo”. 

La respuesta fue fantástica y le aplaudí por el estupendo resumen. Entonces le pedí que, por favor, si la recordaba, resumiera la historia de Superman, a lo que también accedió “El planeta Kripton está a punto de explotar, por lo que un científico y su mujer deciden meter al niño en una cápsula espacial y enviarlo a la Tierra, donde los Kane lo encuentran y lo educan como uno propio…”. Entonces se detuvo en seco, me miró, y continuó “Está bien. Su curso está acreditado. Comenzará las clases el próximo semestre”. 

Aquello me cambió la vida por completo. Poco tiempo después recibí una llamada del mismísimo Stan Lee, quien estaba maravillado con mi curso. Le asombró que hubiera podido conseguir que los comics se reconocieran por el mundo académico como una forma válida de Comunicación y Entretenimiento. 

Estaba en boca de todo el mundo porque era algo muy positivo para la industria. Así que quería que trabajara con ellos. Volé hasta Nueva York y hablamos de formas de colaborar juntos. 

En este mismo instante establecí mi siguiente sueño en la vida. Quería producir la película definitiva del caballero alado, una versión oscura y seria de Batman como película. La manera en la que Bob Kane y compañía realmente hubiesen querido que se produjera, desligada de las onomatopeyas y de la informalidad propias de otros cómics. 

Tuve la suerte de conocer a Benjamin Melniker, un productor de cine, a quien le expuse la idea. Le pareció tan arrebatadora, que quiso sumarse al proyecto de inmediato. A partir de ahí, el proyecto fue avanzando sobre ruedas. Pactamos con DC Comics los derechos sobre la película y la animación, excluyendo la televisión, para Batman y sus personajes en esa historia. En Octubre de 1979 fundamos Batman Film Productions. 

Pero para mi sorpresa y decepción, todos los estudios de Hollywood rechazaban nuestra propuesta. Pintaba paradójicamente oscuro. A la gente del estudio a la que nos acercábamos no les gustaba el proyecto. Hasta que después de dar muchas vueltas, a Benjamin se le ocurrió contactar con Peter Guber y su compañero, Neil Bogart, que tenían una compañía llamada Casablanca. A los 2-3 minutos de conversación Peter me dijo que fuéramos inmediatamente. 

Llegamos a los Ángeles y en tan sólo un par de días llegamos a un acuerdo, que fue el inicio de una odisea de 10 años hasta que conseguimos terminar la película en 1989, con un éxito descomunal. Cumplí mi sueño y puedo decir que lo seguí haciendo, a medida que continuamos desarrollando la historia a lo largo de las diferentes películas. 

*Esta historia escrita por Ana Fuentes, está basada en hechos reales. Inspirada en el documental “The Making of ‘BATMAN’ (1989) Behind The Scenes” que puedes encontrar en YouTube.