By a Lady.

Jane Austen es una de mis escritoras favoritas. No sólo porque sus novelas me cautivaron y me mantuvieron enganchada a la pantalla de mi Kindle desde el primer momento. También porque di con ella un verano que para mí fue algo complicado.

Tenía 26 años y en aquel entonces me dedicaba al mundo de los hoteles. Había estudiado dos licenciaturas pero no tenía apenas experiencia laboral. No me sentía con soltura para intentar trabajar en puestos de Dirección si no sabía atender adecuadamente a uncliente, así que aquel verano decidí irme trabajar como camarera en un Hotel 5 Estrellas Gran Lujo en Mallorca. Hice mis maletas y me mudé a una ciudad que nunca había conocido, sin apenas amigos cerca. Las novelas de Jane me estuvieron acompañando cada noche, haciéndome compañía en los comienzos, cuando me sentía más perdida. Recuerdo cómo mi compañera de piso, mi querida Teresa, me decía «no paras de leer eh«.

Su forma de narrar las historias de amor, de expresar los deseos que acallamos y que por guardar las formas no nos atrevemos a soltar, su manera de describir una sociedad no tan diferente a la nuestra… Me maravilló. Así que sin más, le paso a ella mi teclado para que te cuente «ella misma» su historia… 😉

«Tuve la mala suerte de nacer en una época que no me correspondía. O quizá sí, y soy una de esas personas cuyas creaciones contribuyeron a cambiar la sociedad inglesa…

Nací en Steventon, un pequeño pueblecito en el norte de Hampshire, Inglaterra, en 1775. Fíjate si era pequeño, que aún a día de hoy cuenta con menos de 300 habitantes.

Mi padre era el rector y, aunque teníamos ciertas comodidades, estas se disipaban entre los 8 hijos que tuvo con mi madre. Aunque sólo éramos dos mujeres, su mayor preocupación siempre fue conseguir colocarnos a nosotras, porque ya sabes que en aquel entonces, sin un hombre era complicado seguir subsistiendo. Incluso era difícil casarse sin la dote suficiente. 

A pesar de que mi padre era profesor y rector, y de que en mi casa se recibían alumnos para ser formados, a mi hermana y a mí nos enviaron a Southampton para continuar con una formación más dirigida a dos señoritas. Nos tuvimos que ir de allí a causa de una enfermedad infecciosa, aunque en lugar de regresar a casa, nos enviaron a un internado que después me serviría de inspiración para una de mis obras. 

Era normal para la época estudiar fuera, nos facilitaba ampliar nuestro número de contactos y posibilidades de casamiento. Aunque los métodos y las enseñanzas que empleaban las institutrices dejaban mucho que desear y poco tenían que  ver con las acertadas lecciones que mi padre otorgaba a sus alumnos en casa. Además me parecía innecesario, puesto que habría de bastar el ejemplo de unos padres correctos para aprender lo debido y desenvolverse con soltura en las vicisitudes diarias. 

Las clases de mi padre me parecían mucho más aleccionadoras, pero lo que realmente echaba de menos eran  las novelas que leíamos en casa todos juntos. Mi padre era un gran defensor de la lectura de las novelas y nos alentaba a leer cuantas más mejor. 

En aquella época, no todo el mundo veía con buenos ojos leer novelas. Algunos lo criticaban, lo consideraban un acto vulgar, sólo para mujeres que les sobraba el tiempo y estaban ociosas. Pero a la familia Austen, ¡nos encantaban a todos! 

Solíamos juntarnos, elegir alguno de los libros de la gran biblioteca que teníamos y hacer lecturas en el salón de casa, interpretando las escenas más divertidas. Nos gustaba el teatro, y se nos ocurrió hacer representaciones teatrales en la rectoría, que incluso llegamos casi profesionalizarlas y guionizarlas, con la ayuda de mi prima Eliza. 

Solía leer las novelas de Henry Fielding o Samuel Richardson, pero mi escritora favorita era Frances Burney (me cautivó con Cecilia). Devoraba los libros, cuantos más mejor, pero nunca llegaba a saciarme del todo. Tenía una sensación de vacío que me carcomía cada noche. Me afanaba buscando historias que pudieran completar esa parte de mí. Pero no había libro que calmara esa inquietud, siempre despierta, latente. 

Con 16 años empecé a escribir mis propias novelas. Al principio lo hacía sin esperanza, sin ideas preconcebidas de lo que podría hacer con ellas. No era habitual en aquella época que una mujer se ganase la vida escribiendo (y las que lo conseguían, no eran respetadas en todos los ambientes).

Leíamos mis escritos en casa y a mi  padre le fascinaban. Me animaba a escribir más, a no parar, a continuar. Fue él quien me regaló mi primera libreta. Pero era complicado escribir en aquella época. No sólo porque no estaba bien visto socialmente, sino porque no tenía un espacio para escribir. Debía hacerlo en la salita, junto al resto de mis hermanos, mientras algunos conversaban o reñían, o me hablaban directamente. Era molesto y mantener la atención resultaba arduo. 

Aun así, en 1803 conseguí vender mi primera novela, La Abadía de Northanger, por 10 libras esterlinas a la editorial Richard Crosby and Son. Claro, que no fue bajo mi nombre, sino con el pseudónimo “Mrs. Asthon Dennis». Me hizo mucha ilusión, aunque no vi más beneficios y no se publicó hasta 14 años más tarde. 

Animada por mi familia y especialmente por mi padre, continué escribiendo, y lo seguí haciendo incluso a pesar de su muerte, que fue tan sólo dos años más tarde de mi primera publicación. Para entonces, tan sólo vivíamos en casa mi madre  y mi hermana, pues mis hermanos ya habían conseguido colocarse en el ejército. 

Después de aquel momento, la vida se endureció para nosotras. Hasta entonces contábamos con el dinero que recibía mi padre gracias a su oficio de rector. Tras su muerte, nosotras tiramos con una pequeña herencia  y la diminuta pensión que mi hermana había heredado de su fallecido prometido. 

En 1809 decidimos mudarnos a una de las propiedades de mi hermano Edward, en Chawton, en el condado de Hampshire. Aquí pude retomar mis actividades literarias, y comencé por revisar mi siguiente novela ya concluida, Sentido y Sensibilidad, que aceptó un editor en el año 1811. Me costó mucho que la aceptara, incluso debí de asumir yo los posibles riesgos de que esta no se vendiera, y por supuesto, no pude firmarla. Tan sólo dejamos una indicación, “By a Lady” para indicar que la había escrito una mujer. Al final, al menos no me generó costes, pude ganar 140 libras esterlinas por mi trabajo.  

Ese dinero para mí supuso un exitazo. Estaba tan contenta, que me puse a trabajar en mi siguiente novela, una que llevaba dentro desde hacía unos años. Orgullo y Prejuicio se publicó en enero de 1813, fecha en que yo ya estaba trabajando en Mansfield Park.

Lo que ahora se considera mi obra maestra tuvo tanto éxito, que no pude evitar esta vez afirmar que yo era la autora. ¡Incluso se llegó a publicar una segunda edición! Aunque como mi hermano Henry,  había vendido a los editores los derechos por 110 libras, no recibí mayores ganancias. 

Aún así continué escribiendo y para mayo de 1814 conseguí publicar Mansfield Park, vendiéndo todos los ejemplares en tan solo 6 meses. Animada, contenta y a la vez exhausta, comencé mi siguiente novela, Emma

Tenías que haberme visto escribiendo. Si alguna vez has intentado escribir, lo que sea, habrás observado que es muy complicado hacerlo cuando hay personas en la sala. Se ponen a hablar, o te interrumpen, o lo que  era peor para mí, comienzan a leer lo que estás escribiendo. Esto era intolerable, así que buscaba siempre los momentos en los que no había nadie en la sala para concentrarme. La puerta del salón hacía un chirrido espantoso cada vez que se abría y si bien mi hermano quería repararla, ordené que no se hiciera. Este chirrido me salvaba del incordio, de tener que soportar que alguien se asomara a mi creación, la leyera antes de tiempo y me diera ideas de algo que no quería escuchar. Cuando la puerta sonaba, tenía tiempo de sobra para esconder mi manuscrito antes de que nadie llegara. 

Mi familia incluso quiso llevar mis primeras libretas de escritura a una editorial, querían cometer la desfachatez de publicarlas. Eran mis pruebas, mi terreno de aprendizaje y por eso, nunca lo permití. No se escribieron para ser publicadas, sino tan sólo para aprender  y perfilar mi estilo. 

La vida para mí significaba escribir, pero mi verdadero placer se encontraba en la lectura. Ojalá hubiera podido leer más de lo que escribí. Lo hacía por necesidad y por quitar mi espina. Sin embargo, leer embriagaba mi corazón, me colmaba de amor, orgullo, placer, dolor y tristeza  a partes iguales. 

Era injusto que en aquella sociedad una “mujer digna» era aquella que sabía leer y escribir adecuadamente, cantar y hablar el lenguaje de la música, hablar varios idiomas, comprender el arte y pintar, saber sobre diferentes temas, además de cuidar su imagen, su andar y su vocabulario. No existían mujeres reales con tan variados dones y aún así, nos esforzábamos en llegar a serlo. Una sociedad insensata que no aceptaba a la mujer como persona, sino como premio y victoria para aquél que consiguiera cazar a la más versada. 

Esta obsesión por escribir, por conseguir dinero, por luchar contra esta sociedad tan falsa y compleja, me llevó a enfermar. Publiqué Emma y comencé a escribir Persuasión, pero perdí mucho dinero con la segunda edición de Mansfield Park

Agotada, exhausta de mis esfuerzos, mi cuerpo me dolía profundamente, no podía ni permanecer sentada. Escribir se convirtió en una losa, un deber que ya no podía soportar. Me dolía el cuerpo, pesadamente, respirar comenzó a hacerse una agonía. En 1817, con 41 años,  ya no resistí y no quise más que la muerte. 

Me enterraron en Winchester, donde había recibido el tratamiento médico que dio esperanza a mis familiares, pero no a mi corazón. Dejé lo poco que tenía a mi hermana Cassandra. 

Por algún motivo, mi familia decidió dejar esta inscripción sobre mi tumba: «She opened her mouth with wisdom and in her tongue is the law of kindness.» («Abrió su boca con sabiduría y en su lengua reside la ley de la bondad»)«.

*Esta historia, escrita por Ana Fuentes, está basada en hechos reales.

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