La primera historia se la dedico a una de las personas más importantes de mi vida. Alguien que hace unos años cogió un trocito de mi corazón para llevárselo y guardarlo en el Cielo. 

Admito que cuando tuve la idea de embarcarme en su relato pensaba que sabía mucho sobre él. A medida que me he ido sumergiendo en su voz, me he dado cuenta de lo poco que realmente sé y de cuánto echo en falta su sonrisa. 

Como no le puedo entrevistar, me he basado en su recuerdo y en un escrito que escribió años antes de su viaje. Sus palabras son tan hermosas y están tan llenas de sabiduría, que guardarlas en la privacidad del hogar me parecía muy egoísta. Creo que algo tan bello, hay que compartirlo. 

Aquí te presento la bonita historia de mi padre

Llegué al mundo en Alicante, en plena primavera del año 1939. Era una época complicada en España, conocida como “la Posguerra”.  A pesar de que la guerra había terminado, se seguían produciendo enfrentamientos. En los periódicos todavía se informaba sobre el avance en los Frentes, caídas de los aviones y demás aspectos del nuevo régimen. 

En las calles y en los hogares de las ciudades reinaba el hambre y el odio que los enfrentamientos políticos habían dejado. 

Aún así, yo fui un afortunado. Nací en el lecho de una familia que vivía bien. Mi padre era un maestro de vocación, un hombre riguroso y estricto, de los que tiraban de las patillas o azotaban a sus alumnos con la regla. No solía mostrar afecto ni tampoco sus penas. Aunque lo intenté, nunca le encontré nunca ninguna debilidad. Lo que sí tenía era un buen sentido del humor. 

Mi madre era un ángel. Dulce, cariñosa y muy estilosa. No salía de casa sin sus perlas, costumbre que adoptó al vivir en París de jovencita. Cayó enferma 2 años después de traerme al mundo. Contrajo tuberculosis y estuvo a punto de morir. El médico que la atendió nos decía que su recuperación fue un milagro. Ella siempre decía que su truco era comer bien. A pesar de que no tuviera hambre se acababa su plato al completo, ¡se comía hasta las piedras! Siempre nos decía “lo hice por mis hijos”, con mucho orgullo y con un trémulo hilo de voz. 

Mi hermana, dos años mayor que yo, era una niña tierna y más dulce aún que mi madre, que nos hacía la vida más fácil con su sonrisa. A mí me cuidaba como si fuera su muñeco rubio de ojos verdes. 

Mi padre partió unos años a Venezuela donde fundó academias de refuerzo para los niños estudiantes. Gracias al dinero que nos enviaba nos enriquecimos en España. Yo decidí cruzar el charco con 14 años y acompañarle durante un tiempo en su aventura. Recuerdo unas mujeres preciosas, morenas, con largos cabellos y cuantiosas curvas. Allí no sabían lo que era el hambre. Tierra de bien, de abundancia, de gente con dinero. Gracias al dinero recaudado, cuando mi padre regresó pudo fundar su propia escuela en las tierras levantinas. 

A pesar del ambiente de posguerra, mi infancia está llena de gestos de ternura, protección y juego. De recuerdos de aquellos seres que formaron parte de mi vida, que me siguieron acompañando incluso cuando ya no estaban a mi lado. Cada día era un acontecimiento que pasaría a convertirse en un recuerdo escondido, que tomaría su importancia en los procesos del futuro. 

Me gustaba ser un niño. Veía el mundo de los adultos desde la distancia, sabiendo que yo nunca formaría parte realmente de él, tan sólo fingiría que me hacía mayor. 

La adolescencia irrumpió con fuerza, sin aviso. Exprimía cada mes con voracidad, archivando cada día en la parte más vívida de mi memoria. De un niño rubio, delgado y desgarbado, pasé a ser lo que las malas lenguas llamarían “un guaperas”. Aunque yo no era guapo, era resultón. Tenía mucho éxito en el mundo del ligoteo. En el instituto, las chavalas se apostaban en las ventanas del I.ES Jorge Juan para mirarme cuando subía las escaleras. Mis amigos se daban cuenta y me lo contaban. Aprendí de mi madre a ser coqueto, así que siempre iba con traje, peinado y bien vestido. Destacaba respecto al resto que no tenían el mismo cuidado, incluso lo utilizaban mis camaradas como motivo de burla. Pero a mí me encantaba.

Pasaron los años y me encontré de repente en el mundo de los adultos, donde tenían lugar luchas y combates. Es como entrar en una inmensa jungla donde impera la ley del más fuerte, y aunque los sentimientos sensuales, artísticos, intelectuales se van perfilando, la búsqueda y el encuentro de la amistad y la camaradería se van fortaleciendo o defraudando. 

Aprendí que siempre sales adelante, forjando ese perfil que anhelas de ti mismo. Y para salir victorioso, has de apoyarte en el amor como empuje, no porque lo busques, lo desees o lo necesites, sino porque es imprescindible. Es el punto de inflexión en tu vida, sin el cual no tendría sentido ni el principio, ni el fin. Es el Todo. 

Y no me estoy refiriendo únicamente al amor de pareja, que es muy fácil y natural, viene por sí mismo. El amor es una palabra breve con grandioso significado. Los grandes sentimientos que movilizan cada pensamiento humano, puede y debe tener un fondo de amor, aunque ello implique el sufrimiento. 

Siempre he tenido estas ideas, ahora con los años se confirman absolutamente, sin ninguna vacilación. Todo lo que he puesto en juego realmente ha sido positivo, o al menos así lo creo. En la vida actual, en esta última etapa, cada acto se ha convertido en un estandarte que nadie puede desmoronar. Es como un modelo de vida que puedes mostrar, sin vacilación, y al mismo tiempo transmitir a todos los seres humanos que te rodean. Especialmente, a aquellos que tienes que rendir cuentas y transmitir, además de los genes, el para qué has vivido – que quizás sea la mejor herencia que podemos entregar. 

Con la formación de una familia la vida vuelve a nacer de nuevo, de mil formas distintas. A cada hijo, eres tú mismo multiplicado por mil. Encontré a una mujer maravillosa. Me enamoré y me casé, tarde para mi época. Y tuvimos tres niños que me han descubierto el mundo.

El mundo de la familia no se puede describir, el contenido es tan inmenso que solamente se puede recordar con lágrimas en los ojos y con una grandiosa sonrisa de eso que hemos llamado amor. Que es el verdadero ciclo imperecedero de lo que llamaba “creaciones”. Esto lo justifica todo y cuando miro hacia dentro de mí mismo, siento que algo grandioso me inunda y me eleva. La Fe de que  todo tiene que tener un Fin Supremo. 

Lo más duro y a la vez, inmensamente gratificante ha sido mi vida profesional, la enseñanza. He sido maestro de matemáticas y física además de director de la Escuela que mi padre fundó tras volver de su etapa en Suramérica. 

Sólo diré que “me consumí”- Dejé lo mejor de mí mismo y ahora, al cabo de los años me queda un sabor indescriptible. Aquel empeño, ardor, voluntad, ilusión y sufrimiento que puse, no fue en vano. Porque las gratificaciones que he recibido y la huella que he dejado, al margen de los errores cometidos, son el mejor regalo que puedo recibir. Es quizás la compensación a todos aquellos que dieron a los demás lo mejor de sí mismos, y naturalmente me refiero a todos los que eligieron la enseñanza como proyecto de vida. 

Y ahora, después de ese largo recorrido, me encuentro al final de una gran batalla de la que espero y deseo salir victorioso, aunque herido y maltrecho, conservo la mejor arma mi corazón: el amor a mi familia y en estos momentos finales, espero que por mucho tiempo, el amor de mis hijos. 

Y sí papá. Saliste victorioso 🙂