Nací en Sherewsbury, un pequeño pueblo en mitad Inglaterra, en 1809. Gracias a esa pequeña circunstancia, pude disfrutar una infancia rodeado de árboles, flores, insectos y ciertos animales.

Me encantaba coleccionar. Lo que fuera. Todo aquello que cayera cerca de mi alcance: conchas, sellos, monedas, minerales… Sólo imponía los requisitos de ser un artilugio curioso y carente de utilidad.

La relación con mis progenitores no era muy buena. Mi padre siempre decía que yo era un muchacho muy corriente, incluso que estaba por debajo del nivel intelectual común. Los profesores lo corroboraban, mostrando mis malas notas y mi falta de atención durante las lecciones.

Si bien estas acusaciones pudieran haber amedrentado mi carácter y la confianza en mí mismo, lo cierto es que yo les consideraba mediocres. Una institución que basa sus lecciones en tareas de memorización y no de comprensión, no sabe enseñar. A menudo intentaba escaparme a la naturaleza o con mi familia, donde aprovechaba mejor mi tiempo. 

A mi padre le preocupaba mucho que me mostrase más interesado por lo que había fuera del aula, en cuestiones como la pesca, la caza y la captura de roedores, y por este motivo, tenía pocas esperanzas en mi futuro. “Vas a ser una vergüenza para ti y para toda la familia” solía decirme. 

En un intento de mejorar mis expectativas vitales, cuando cumplí 16 años me envió lo más lejos que pudo, a Edimburgo, en Escocia, con el objetivo de que estudiase medicina. Alegó en su decisión que deseaba que llegase a hacer algo con mi vida que tuviera cierta relevancia, aunque sospecho que lo hizo más bien por perderme de vista. 

Si bien traté de aprender sobre salud y el cuerpo humano, no soportaba ver la sangre y me aterrorizaba el dolor que se infligía a los pacientes de cirugía. Sus gritos eran insoportables para mis oídos, se metían en mi cerebro y me impedían incluso encontrar el sueño. En aquella época no existía anestesia alguna, así que quien enfermaba, padecía un sufrimiento indescriptible e incomprensible en el siglo XXI. Podías morir solo del dolor que conllevaba la operación. 

No, aquello no era para mí. 

Pero no pienses que yo lo veía todo perdido. Tenía muy claro qué era lo que me apasionaba, lo que me hacía perder la noción del tiempo, disfrutar cada instante: la naturaleza. Siempre que podía, me escapaba al campo, al prado, a donde me había sentido feliz a salvo en la infancia. 

Disfrutaba la vida recogiendo piedras, insectos y nidos de aves. Tanto tiempo pasaba en ese entorno, que olvidaba completamente mis obligaciones para con la Universidad y terminé dejándolo a los dos años. 

Una vez libre de mis cadenas doctorales, de nuevo por intervención de mi padre, accedí a licenciarme en una carrera eclesiástica en el Christ’s College de Cambridge. 

Extraje mayor provecho de mi asistencia -voluntaria- a las clases del botánico y entomólogo reverendo John Henslow, de quien me hice íntimo amigo. 

Por mediación suya, recibí una invitación que resultó ser clave en el desarrollo de mi vida: embarcarme en una expedición científica alrededor del mundo a bordo de un buque llamado Beagle

Aquella aventura que duraría 5 años, no sólo cambiaría mi vida sino también la del rumbo de la ciencia. 

El objetivo era completar el estudio topográfico de los territorios de la Patagonia y la Tierra del Fuego, el trazado de las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico entre otros. Yo me dediqué al estudio de la geología, y durante el trayecto recogí no menos de 10 mil especímenes que me fueron de utilidad para desarrollar mi teoría de la evolución, que para aquel entonces resultaba inmensamente innovadora. 

Yo no era investigador, pensaba que no sabía nada sobre ciencia, a pesar de que en el fondo la amaba desde niño. Aquél viaje me forzó a investigar, a razonar el por qué de la vida, de los cambios. Me obsesioné tanto con dicha labor, que para el final del viaje se rumoreaba a mis espaldas que me convertiría en un científico importante. 

Aquellas habladurías llegaron a mis oídos y debo admitir que me motivaron. 

De vuelta a tierra firme, en 1837 me instalé en Londres, donde empecé a escribir mi primer cuaderno de notas sobre mis nuevos puntos de vista acerca de la “transmutación de las especies”. Mis investigaciones me dieron la idea de que la selección era la clave del éxito humano en la obtención de mejoras útiles, tanto en plantas como en animales. 

Me puse a trabajar sobre mi manuscrito, El origen de las especies, publicado en 1859. Pero no resultó ser una tarea grata. El proyecto era de tal envergadura, que me trajo graves dolencias físicas, del estilo de vómitos y otros síntomas. Sé por mis vagos conocimientos médicos, que mis padecimientos provenían de la carga que suponía para mí aquella pesada obra. 

“Mi escrito es la causa, creo yo, de la mayor parte de las dolencias que padece mi cuerpo” escribí a mi primo. 

Pero no todo fueron desgracias en aquel proceso. Tuve la suerte de conocer a mi amada y preciosa esposa, Emma, cuyo apoyo fue fiel e incondicional para conseguir la finalización de la obra. 

Una vez publicada, los primeros 1.250 ejemplares se vendieron durante el mismo día. 

Como imagino sabrás, mi escrito puso patas arriba las doctrinas religiosas de la época, que no aceptaban mis teorías. Las implicaciones teológicas de la obra, que atribuía a la selección natural facultades hasta entonces reservadas a Dios, forjaron una férrea oposición a mi persona por parte de algunos sectores religiosos. 

Yo traté de mantenerme al margen de los debates, hasta 1871, cuando publiqué mi segunda obra El origen del hombre (The Descent of Man and Selection in Relation to Sex), donde expuse mis argumentos en favor de la tesis de que el hombre había aparecido sobre la Tierra por medios exclusivamente naturales.Y no conforme con ello, el año siguiente imprimí lo que sería mi tercera gran publicación La expresión de las emociones en el hombre y en los animales,  una obra básica para lo que después se denominó estudio moderno del comportamiento. 

Una vez cumplida mi labor, me sentí liberado de las preocupaciones y la carga que se cernía sobre mí. Me di cuenta entonces de lo duro que había sido, de que el proceso fue una lucha interna hasta que al fin lo culminé. Y lo terminé porque sabía en mis entrañas que era algo que tenía que hacer, a pesar de que se llevase mi salud y la de mi propia Emma. Realizado mi propósito, me sentí libre y dediqué los últimos diez años de mi vida a diversas investigaciones en el campo de la botánica.

Es curioso que a pesar de que yo quería ser enterrado en el cementerio de Downe, la pequeña ciudad donde residíamos mi esposa y yo, las implicaciones de mis investigaciones llevaron mi tumba a la ilustre abadía de Westminster, donde fui enterrado con 73 años. 

Historia escrita por Ana Fuentes.