Nací en 1959, en Illinois, un pueblecito en el estado de Chicago. 

Si lo piensas en castellano, el propio estado en el que nací podía ser un indicio de que me dedicaría a la comedia. Cambia el “Chi” por un “Si” y veré desde el Cielo si te sale una sonrisa 😉

Mi padre, Robert, era uno de esos “hombres importantes” para la época, un ejecutivo de la industria del automóvil. De él aprendí sobre constancia, disciplina y trabajo duro. Mi madre, en cambio, era una preciosa modelo. De Laurie conocí otras facetas que han dirigido mi vida. El arte, la belleza y la sonrisa. También tuve dos hermanos con los que me peleaba a diario, guiados por el impulso de una fuerte testosterona. Vivíamos bien. 

De pequeño era un niño bastante gordito, y no sé si sería por eso, pero tenía pocos amigos. Muchos días jugaba a hablar conmigo mismo y practicaba voces diferentes, fingiendo que estaba con más gente. Sé que ahora esto suena triste, pero fue un aspecto clave en mi carrera como cómico. Creo que las personas más tristes siempre hacen todo lo posible para hacer felices a la gente. Porque saben lo que es sentirse absolutamente inútil y no quieren que nadie más se sienta así. Quizá por eso terminó por gustarme ser un cómico. Siempre he creído en el destino. Intento darle sentido a las cosas, y pienso que debe haber una razón por la que cada uno es como es.

Volviendo a mi infancia, con 8 años mi padre decidió que nos trasladaríamos a California, a Marina Country. Esto no me hizo gracia al principio, me dio miedo, tenía mis inseguridades y todo cambio da pavor. Pero con el tiempo conocí amigos y terminé por acostumbrarme.

En casa vivíamos bien. No puedo decir que fuéramos ricos ni mucho menos, pero no nos vimos nunca en apuros. Eso me permitió relajarme, centrarme en mis estudios. Cuando llegué a la adolescencia, me dió por hacer deporte. Me enganché a la bicicleta, que podía llevarme lejos.

Continué con mis estudios y con los años me fui interesando por la política. Soñaba con dar discursos delante de un montón de gente y con cambiar el mundo. Para practicar y ponerme en situación, decidí apuntarme a teatro. Lo hice por entretenerme, por encajar y porque me llamaba la atención. Lo que no sabía es que esto cambiaría mi vida para siempre.

Poco a poco, el teatro empezó a cautivarme. Me encantaba ponerme delante del público, hablar y sobre todo, hacerles llorar de la risa. Qué emocionante era escuchar sus carcajadas al otro lado del escenario. Me entraba un hormigueo que las clases sobre burocracia y administración de personal no conseguían ni atisbar. 

Cuando dije en casa que dejaba Ciencias Políticas porque quería ser actor, mi padre me miró impasible y me dijo “Estupendo hijo. Simplemente ten una profesión de respaldo, una de verdad, como la soldadura” me aconsejó. Aun así, cuando me vieron realmente comprometido, me apoyaron.

Ingresé en la prestigiosa academia de interpretación, Juilliard School, en Nueva York y estuve estudiando duramente durante 3 años. Tenía  que compaginar mis estudios con ganar algo de dinero, porque no estaba siendo el orgullo de la familia y no me financiaban la experiencia como hubiera deseado. 

Cuando terminé la carrera, volví a California, esta vez a San Francisco, donde buscaba ser el actor principal en comedias teatrales.

Aprendí que debes esforzarte por encontrar tu propia voz porque cuanto más esperas para comenzar, es menos probable que la encuentres. Poco a poco debemos avanzar hacia ese fin.

Hice muchas audiciones, tantas que soy incapaz de recordarlas todas. Tuve la suerte de actuar en algunas obras pequeñas, donde seguía aprendiendo y mejorando. 

Con 25 años trabajaba en diferentes obras y hacía actuaciones de teatro en distintos clubs. No me iba mal. Pero lo realmente bueno, lo que te quiero contar, fue el trabajo que me lanzó al estrellato.

Me enteré de que estaban haciendo una audición para una serie que se llamaba Mork & Mindy. Se trataba de una comedia, una de esas sitcom, en la que el protagonista era un extraterrestre cuyo jefe le manda ir a la Tierra para aprender sobre la conducta humana, y una vez llega, se enamora de una joven universitaria. Cada día el alienígena debe enviar información sobre la Tierra a su planeta, haciendo reflexiones sobre los humanos, la filosofía y todas esas cuestiones absurdas que hacemos convencidos de que en el fondo tienen sentido. 

Me llamó mucho la atención el personaje, esas reflexiones sobre cómo nos comportamos, dándole un toque de humor a nuestra propia existencia.

Pero yo era un actor de teatro, además de obras pequeñas. No tenía esperanzas reales de que fueran a darme a mí el papel. Cuando llegué a la audición, había otros actores esperando. Algunos recitaban sus líneas, otros tenían las manos pringosas (de sudor quizá), y otros tenían un aspecto asquerosamente fantástico. Yo me había preparado un monólogo que se metía con etapas de la vida como la escuela, el trabajo… Lo tenía testado y sabía que el público se partía de risa con él. 

Sin embargo, cuando entré en la sala algo me hizo cambiar de opinión. Vi al director sentado, mirando el taburete que tenía delante, indicándome tomar asiento. Y fugazmente, me llegó un pensamiento a la cabeza “el personaje es un alien, así que buscan un alien ¿no? Si yo fuera un extraterrestre, no sabría para qué es una silla, nunca habría visto una…”. 

Improvisé. En lugar de sentarme, apoyé la cabeza sobre el taburete. Y desde ahí hice mi monólogo.

Garry Marshall no tuvo más remedio que contratarme. Siempre dijo que fui el único alien que apareció en la audición. 

Aquella serie que me dio a conocer al mundo y permanecí en ella dos años. A partir de ahí, empezaron a llegarme ofertas para papeles principales, aunque la verdad, prefería aquellos papeles que parecían diferentes. Personajes que tuvieran alguna peculiaridad. 

Popeye fue mi debut en el cine y después llegaron Buenos días Vietnam, El club de los Poetas Muertos, El club pescador, e incluso una animada, Aladdín

Para cuando llegó Disney yo tenía ya cierta fama. El genio tenía un aspecto diferente, pero al aceptar el papel decidieron darle unos cambios para que se pareciera físicamente más a mí. Al contrario de lo pueda parecer, la mayoría de los diálogos del genio son improvisados. Me dejé llevar tanto por el personaje, que llegamos a grabar más de 16 horas de material improvisado. Lógicamente hubo que acortar, pero creo que la obra quedó bastante bien.

La improvisación a veces funciona, otras no, pero cuando lo hace, es como un campo abierto en ejecución

Pero no todo fueron halagos en mi trabajo, no te creas. En mi sector, como en muchos otros, existen muchos críticos. Y luego personas que simplemente critican. Es duro cuando lees un artículo diciendo malas cosas sobre ti. Es como si alguien clavase un cuchillo en tu corazón, pero en el fondo, yo soy el crítico más duro de mi trabajo. Siempre quiero más, sé que puedo hacerlo mejor de lo que lo he hecho. No hay nadie más duro que uno mismo. 

Este es un estilo de vida que no es estable. Vives con el miedo a que no te llamen nunca. La idea de tener un trabajo estable cuando estás en esos baches sin noticias, es muy atractiva. Pero tal vez no era un tipo de vida muy excitante para mí. Me gustaba esa emoción. No saber cuál sería el próximo proyecto.

Y la verdad es que me fue muy bien en ese terreno, no puedo quejarme. Gané tanto dinero que en un punto de mi vida no sabía qué hacer con él. Te voy a dar un consejo, tan sólo por si algún día te lo planteas, no te acerques a las drogas. La frase está manida, lo sé, pero es cierto. Me costó salir de ellas, incluso tuve que ir a rehabilitación, y no sé hasta qué punto me pasaron factura muchos años después. 

Sé que la manera en que abandoné este mundo no es la ideal, sin duda. Pero mi vida en ese punto ya no era tan fácil, aunque desde fuera no lo pareciera. Aunque tuviera dinero, no tenía salud. Todos los que conoces están peleando en una batalla de la que no sabes nada. Por eso, sé amable. Siempre.

Un día Janes Lipton me preguntó qué le pediría a Dios cuando llegase al cielo. Le respondí que querría un asiento en primera fila en un concierto de Mozart y de Elvis Presley. Que por cierto, ha sido fantástico, este sábado lo repiten.

Pocas cosas más me quedan que decirte. Sólo un par. Apaga la tele -o el móvil- y conviértete en alguien interesante. Actúa. Todavía hay mucho que aprender y siempre hay cosas geniales por ahí. Incluso los errores pueden ser maravillosos.

Eso sí, ten presente que hay un momento para el valor y otro para la prudencia y el que es inteligente los distingue. 

Otra cosa más. Por favor, no te preocupes tanto. Porque al final ninguno de nosotros tiene mucho tiempo en esta tierra. La vida es fugaz. Y si alguna vez te sientes angustiado, mira hacia el cielo de verano.

Siempre en busca de tu sonrisa, 

Robin Wiliams. 

Sólo al soñar tenemos libertad, siempre fue así y siempre así será.

*Esta es una historia escrita por Ana Fuentes.