Muy Audrey – Primera parte

Una mujer muy especial para el mundo. Tanto, que su nombre se convirtió en un adjetivo. Algo es “muy Audrey”, cuando engloba una mezcla de gracia, elegancia, encanto y sabiduría. 

Así dicen que era. Una mujer graciosa, elegante, encantadora y sabia. Un icono del cine.

De pequeña vi todas sus películas con mi padre, que la adoraba. Él me enseñó a admirar su estilo, su belleza y su gran corazón. Su elegancia, su manera de moverse, de hablar y su forma de ser, fueron mi modelo a seguir durante mi adolescencia y hoy sigue suponiendo un ejemplo de conducta en muchos sentidos. Por ella, Vacaciones en Roma siempre será mi película favorita.

A pesar de que falleció hace ya casi 30 años, su luz sigue brillando de manera intensa, inspirando belleza y amor a cualquiera que vea tan sólo una imagen suya. Su rostro se sigue viendo en posters, bolsos, relojes, e incluso prendas de ropa.

Actriz, modelo, bailarina y activista británica de la época dorada de Hollywood, considerada por el American Film Institute como la tercera mayor leyenda femenina del cine estadounidense, que forma parte de la International Best Dressed List Hall of Fame.

Como de costumbre, le dejo el teclado para que sea ella quien te cuente su historia…  😉


“Cuando amo, amo incondicionalmente” 

Audrey Hepburn

“Si fuera a escribir una biografía sobre mí misma, la empezaría así: Nací en Bruselas, Bélgica, el 4 de Mayo de 1929…y morí 6 semanas después. 

Con tan sólo 42 días tuve un severo ataque de tos. Mientras tosía sin parar, mi tez comenzó a tornarse azul hasta que dejé de respirar. Mi madre, angustiada, rezó y me azuzó fuertemente hasta que recuperé el aliento. No sé cuál de las dos acciones fue más productiva, pero consiguió devolverme la vida. 

Nací bajo el nombre de Audrey Kathleen Ruston, y soy hija de la baronesa Ella Van Heemstra, holandesa de nacimiento aunque ingresa de corazón. Era una mujer divorciada cuando conoció a mi padre, Joseph Victor Anthony Ruston, mitad inglés y mitad austríaco, nacido en Úzice, una zona de la región de Bohemia en la República Checa. 

De niña

Mi madre fue una mujer distante y difícil, que había recibido una educación victoriana muy severa. Se mostraba muy exigente con mis hermanos y conmigo. Incluso alguna vez me llamó patito feo cuando era niña. “Los modales -solía decir- son atenciones. Siempre debéis ser atentos”. Abrir la puerta a señoras mayores o ayudarlas era una rutina. Y ella se mostraba muy inflexible al respecto. 

Me enseñó que los demás eran más importantes que uno mismo, a mantenerme erguida, a sentarme derecha, a ser disciplinada con el vino y con los dulces, y a fumar sólo 6 cigarrillos al día. 

Con su madre

Mis padres esperaban que me convirtiera en una baronesa, pero yo soñaba con vivir del ballet, trepar árboles con mis hermanos y ser querida, como todos los demás. Por eso me educaron en 2 idiomas, inglés y holandés, aunque yo aprendí otros 3 más: español, francés e italiano (lo que me sirvió en mi carrera como actriz y humanitaria). 

En mi casa abundaba el dinero, aunque a medida que fui creciendo, debido a las diferentes desgracias que llegaban, nuestra cuenta bancaria se fue mermando… Durante este camino mis padres dejaron de quererse. Por eso, cuando tenía 6 años, mi padre se marchó y no volví a verle hasta muchos años después. 

Aquello fue sumamente terrible para mí. No lo entendía. Si hubiese podido verle con regularidad, hubiera podido pensar que me quería, pero no fue así. El dolor que sufrí fue tan profundo y punzante, que marcó mi vida de una manera intensa. Envidiaba a los padres de los demás y regresaba a casa con lágrimas en los ojos porque mis amigos tenían un papá. 

Con el tiempo he aprendido que cuando se trata de la familia, se nos reparten las cartas y tenemos que jugarlas lo mejor que podamos. La vida es un juego de cartas; buena parte de ella depende del azar. Culpamos a nuestros padres de muchas cosas (baja autoestima, problemas en las relaciones íntimas…); hasta que nos damos cuenta de que son simples seres humanos y de que, por mucho que nos quejemos, eso no cambiará. Al fin y al cabo, lo hicieron lo mejor que pudieron. 

Tras la marcha de mi padre, mi madre y yo nos mudamos a Londres durante un tiempo. Cuando empezaron  las sospechas de que se avecinaba una Segunda Guerra Mundial, cambió de opinión y volvió a Holanda, dejando mi educación y formación a cargo de las monjas de un internado para niñas. 

Ella se instaló en Anhrem y yo iba a visitarla siempre que tenía vacaciones. Tal fue el caso de septiembre de 1944, cuando el ejército alemán entró en la ciudad para tomarla, librando una importante batalla justo sobre el puente que yo debía cruzar a diario para llegar a mi academia de música. 

En ballet

Durante lo que se conoce como la Batalla de Arnhem, colaboré como enfermera en el hospital. Recibimos muchos soldados heridos, y recuerdo haber ayudado especialmente a un joven paracaidista inglés a recuperarse, sin saber que dentro de unos 20 años se convertiría en director de cine y me contrataría para la película que protagonicé en 1967, Sola en la oscuridad. Se llamaba Terence Young. 

Viví la ocupación alemana desde Holanda, junto a mi madre, y fue un período de nuestras vidas tan sumamente duro, que bloqueamos ciertos recuerdos para conseguir dormir de nuevo por las noches

No ignoréis ninguna atrocidad que oigáis y leáis acerca de los nazis. Es peor de lo que nadie podía imaginar. Lo perdimos todo, por supuesto: nuestras casas, nuestras pertenencias, nuestro dinero. Pero nos importaba un bledo, lo único que importaba era sobrevivir. 

Poco a poco nos fuimos quedando sin comida. Los inviernos eran largos, y todos los jóvenes y niños empezamos a sufrir de depresión y malnutrición. Teníamos tanta hambre, que hasta nos comíamos los bulbos de los tulipanes e intentábamos hacer pan con hierba. Aunque mi vida nunca estuvo en serio peligro, mi salud quedó trastocada, y perdí amigos, familiares, incluso casi pierdo a mis hermanos. 

Si hubiéramos sabido que la ocupación duraría 5 años, tal vez todos nos habríamos suicidado. Pensábamos que aquello terminaría en una semana… seis meses… un año… así es como conseguimos sobrevivir. Con la esperanza de que terminase pronto.

Durante la guerra, uno de los temas que más nos gustaba hablar era imaginar lo que íbamos a comer cuando aquella pesadilla se acabase. Yo siempre respondía que mucho pan con mantequilla y montones de jamón. Otras veces me daba por imaginar cajas y cajas de chocolate. Al final, una de las primeras cosas que hice en cuanto pude, fue comerme un carro entero de leche condensada. Comí tanta cantidad, que estuve enferma durante varios días. 

Para distraerme del hambre y olvidar lo que estaba pasando, solía pintar. Siendo adulta, sobre todo embarazada de mi segundo hijo, volví a coger de vez en cuando un pincel para crear algunos cuadros. Puedes encontrar mi trabajo en este arte en el libro “Audrey Hepburn: An Elegant Spirit”, escrito por mi hijo mayor. 

También empecé a fumar durante la Guerra. No había comida, pero conseguíamos tabaco. He llegado a fumarme hasta 3 paquetes cada día en algún momento de mi vida. Ahora sé que esto me jugaría una mala pasada hacia el final de mi vida, pero esto te lo contaré luego. 

Durante los años que duró la invasión, mi madre tuvo que cambiarme el nombre porque Audrey sonaba demasiado inglés y podía llamar la atención de las tropas. En aquel período aprendí a responder al nombre de “Edda” como si hubiera nacido con él, a pesar de que no significaba nada para mí. 

Audrey de niña

En momentos como aquellos se aprende sobre la muerte, la privación y el peligro, lo cual hace que valores la seguridad y seas consciente de lo rápido que podemos perderla. Aprendes a tomarte en serio lo que realmente importa. 

Es cierto lo que dicen que contribuí a enviar algunos mensajes a personas de la resistencia, y que ningún soldado  sospechó nunca de mí. Pero no lo hice tan a menudo como en alguna ocasión se ha exagerado.

Con el final de la Guerra, mi padre se encargó de devolverme el nombre, aunque añadió algo más. Aquellos años estuvo investigando en los archivos de nuestra familia y encontró registros de otro apellido. Decidió añadirlo en mi registro, llamándome Audrey Kathleen Hepburn-Ruston.

El día que llegó la liberación cumplí 16 años. Mi familia se había salvado de la muerte, pero los recuerdos durarán para siempre… 

Hoy pienso que todo aquello no lo viví en balde. Me convirtió en una persona fuerte y terriblemente agradecida por todo lo bueno que vino después. Siento un enorme respeto por la comida, la libertad, la salud y la familia… en definitiva, por la vida humana. 

Después de la guerra, la danza me condujo a Amsterdam, y finalmente, a la célebre escuela de ballet Rambert, en Londres. Allí esperaba cumplir mi sueño, llevar tutú y bailar en Covent Garden. Pero nunca lo cumplí. 

Aunque todos me elogiaban por mi magnetismo y determinación, yo necesitaba dinero para pagar la escuela, así que comencé a trabajar en musicales, espectáculos de cabaret y como modelo.

El modelaje me gustaba. Me encantaba ponerme ropa bonita, sonreír y caminar con naturalidad.

Para sacar algo de dinero extra, empecé a aparecer en algunas películas, en papeles sin diálogo. La primera fue una holandesa en 1948, que se llamaba Nederlands in zeven lessen, algo así como Holanda en 7 estados, lo que fue mi debut en el sector cinematográfico. Una película sobre un fotógrafo que iba por Holanda haciendo fotos a los más bellos escenarios.

Tres años después aparecí en otra película, esta vez ya con alguna que otra frase. Interpreté a Eva Lester en la película Historia de unas jóvenes esposas. Con ella confirmé que me gustaba el arte de la interpretación. También me di cuenta de que no conseguiría muchos papeles si seguía en Europa, porque por entonces no quedaba mucho dinero para el arte y el entretenimiento en este continente.

Todavía en Londres, mientras rodaba una película llamada Monte Carlo Baby, en uno de esos papeles secundarios, la suerte llamó a mi puerta. La guionista francesa Sidonie-Gabrielle Colette me vió y exclamó divinamente: “Violà! ¡Mi Gigi!”. Me propuso para un musical de Broadway en el que ella estaba trabajando. A pesar de que me faltaba experiencia y confianza, conseguí el papel protagonista. Así fue como en 1951 me encontré a mí misma viviendo y actuando en Broadway, Nueva York.

Y sin planearlo, me convertí en actriz.

Sidonie-Gabrielle Colette

No conseguí dedicarme al ballet, pero aprendí mucho de él. La ética de trabajo era: no te quejes, no te rindas aunque estés cansada, no trasnoches antes de bailar. Si realmente se trabaja duro, se alcanza el éxito y todo lo que tiene que salir de dentro. Las bailarinas poseemos técnica gracias a las buenas costumbres. Cuando nos relajamos nunca nos abandonamos. Nunca me encontrarás en una postura desgarbada, y creo que aquello fue parte de mi magnetismo.

Determinada a seguir trabajando en el mundo de la interpretación, envié algunos vídeos y me presenté a varios castings. Uno de estos vídeos cayó en manos de William Wyler, mientras aún vivía en Londres, y vino a buscarme para convertirme en la princesa Ann. Fui elegida entre más de 10.000 participantes para el papel que me llevaría al estrellato en 1953. 

Cuando me lo ofrecieron, yo intenté explicarles a todos que no estaba preparada para hacer de protagonista.  Pero ellos no pensaban lo mismo, y sin lugar a dudas, yo no iba a discutírselo. Las oportunidades no surgen con frecuencia. Así que, cuando lo hacen, hay que aprovecharlas.

Vacaciones en Roma (Roman Holiday) tuvo un éxito tremendo. Me hizo conocida en todo el mundo, gané 11 premios, entre ellos el Óscar a Mejor Actriz, y 17 nominaciones en total. 

Vacaciones en Roma
La princesa Ann

Pero el Óscar y la fama no fue lo único que gané con aquel metraje. Fragüé una profunda y verdadera amistad con mi compañero de pantalla, Gregory Peck

Como imaginarás, yo no era conocida antes de rodar la película. Esta era una excusa para poner en pantalla al guapo de Peck, muy de moda en aquella época. Ni siquiera tenían previsto que el nombre de la chica apareciera en la portada. Al terminar la producción, Gregory estaba tan impresionado con mi actuación, que fue a hablar con William, para afirmar con rotundidad que yo ganaría el Óscar y que sería mejor que pusieran mi nombre en la portada. Los productores siguieron su consejo y él no se equivocó.

Cuando gané el Óscar por Vacaciones en Roma

Justo después de rodarla, conocí a un Lord inglés llamado James Hanson, con el que  estuve a punto de casarme. Teníamos incluso la fecha de las nupcias, pero la cancelé en el último minuto. Él era el heredero de una fortuna que provenía del transporte británico, un playboy amante de la diversión. Acepté sin dudarlo, pero en el tiempo que estuvimos juntos descubrí Broadway y salté al mundo del estrellato. El trabajo era cada día más duro y se me hacía más complicado compaginarlo con el cuidado de un marido. Incluso los estudios me reprendían por seguir adelante con las nupcias. Al final, cedí a la presión y suspendí la boda antes de que Vacaciones en Roma llegase a los cines. 

Audrey y James Hanson

Para celebrar el éxito de la película en los cines, Gregory organizó una fiesta donde conocí a mi primer marido, Mel Ferrer. Trabajaba también en el mundo del entretenimiento, como escritor, bailarín, cantante y director. Comprendía y compartía mis aspiraciones, así que nos entendimos muy bien en ese sentido. Después de la fiesta me envió un guión para “Ondine”, otra obra de Broadway. La protagonizamos juntos y a partir de ahí comenzamos una relación. 

Audrey Hepburn y Mel Ferrer
Junto a su primer marido, Mel

Me casé con él en septiembre de 1954, y rodé Sabrina en el mismo año, volviendo a ser nominada como mejor Actriz. Esta vez no lo gané, ni tampoco las siguientes en que la Academia decidiera nominarme. Después de aquello, no pararon de llegar otras películas: Una cara con Ángel (1957); Ariane (1957) e Historia de una monja (1959), entre muchas otras. 

Conforme me llegaban los proyectos, yo estaba muy asustada. No estaba preparada. Me pidieron que actuara cuando, en realidad, yo no podía. Me pidieron que cantara Una cara con ángel (Funny Face) cuando no podía cantar, y que bailara con Fred Astaire cuando no podía bailar, y que hiciera toda clases de cosas que no me esperaba y para las que no estaba preparada; entonces, todo lo que tuve que hacer fue a aprender a enfrentarme a los resultados.

Nerviosa, ensayando

Durante aquella época tuve la suerte de encontrar a otra persona que se convertiría en alguien muy especial para mí. Un amigo para toda la vida. Un joven diseñador francés que quizá te suene, Hubert de Givenchy.  

Creamos juntos gran cantidad de los vestidos con los que me habrás visto Como el negro con perlas con el que desayuné frente a las joyas de Tiffanys, por ejemplo. 

Conociendo a Hubert de Givenchy

Le conocí en julio de 1953, en el rodaje de Sabrina. Por aquel entonces se decía de él que era un joven muy prometedor, pero apenas se conocía en Francia. 

El día que llegué a su taller, vestida con unos pantalones ceñidos, una sencilla camiseta, zapatillas y un sombrero de gondolero con una cinta roja en la que se leía “Venezia” no supo que era la actriz que venía a recoger los vestidos que le habían encargado. Me estuvo ayudando y por la noche nos fuimos a cenar. Y sentimos un flechazo mutuo. con él pude hablar de mi vida, de la danza como mi verdadera pasión, de cómo Colette me había descubierto, y de cómo me sentía. 

Éramos como uña y carne. Podíamos hablar de cualquier cosa, hacer el payaso y reírnos juntos. Me encantaba que la gente me hiciera reír, es lo que más me gusta. Espanta multitud de males. Probablemente es lo más importante en una persona y con Hubert lo conseguía.

Paseando con Givenchy

Trabajamos juntos en un tándem con el objetivo de que la ropa en cada película fuera espectacular. Nos sentíamos igual de apasionados por la moda y podíamos estar horas pensando en el vestido ideal. 

Me vistió en 8 películas, pero también fuera de ellas. Siempre recurría a él cuando tenía que asistir a un evento importante. Dicen de nosotros que conseguimos crear “un look” único, especial, que nos caracterizaba. Mientras otras estrellas lucían joyas algo exageradas, prendas satinadas y escotes; nuestro estilo era más sobrio y a la vez infantil. Eran prendas de corte limpio y simple. Prendas arquitectónicas, que aún así, nunca fueron aburridas ni aniñadas. Nuestro estilo se ha ido replicando a lo largo de los años en muchas otras películas, e incluso aún perdura en el 2022. 

La ropa de Hubert se puede llevar hasta que está muy usada y seguir siendo elegante. Es una ropa sin adornos, despojada de todo. Me encantaba.

Con un diseño de Givenchy

Sus diseños eran los únicos con los que me sentía yo misma. El vestuario era terriblemente importante para mí, eran como una herramienta de trabajo, como puede ser para ti tu ordenador o tu uniforme. Tal vez porque, cuando empecé, no poseía ninguna técnica para la interpretación, nunca me habían enseñado a actuar. Resultaba de gran ayuda saber que tenía el aspecto propio del personaje. Conseguido eso, el resto ya no era tan complicado.

Aun con todo, yo no podía permitirme vestir todo el tiempo con sus diseños. De verdad. En mi día a día siempre llevaba jerséis y pantalones. Tenía muy poca ropa buena, y la que tenía, la cuidaba. Me la quitaba en cuanto subía las escaleras de mi casa. Adquiría un par de trajes suyos de cuando en cuando, vestidos para grandes ocasiones que siempre podían reutilizarse

Con ropa de calle

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Nuestra amistad duró unos 40 años, ¡más que mis dos matrimonios juntos!

Una relación que duró más de 40 años.

Le considero mucho más que un modisto, es un creador de personalidad. De hecho, gracias a él ahora cualquier mujer puede parecerse a mí. Entre los dos creamos un personaje, una “Audrey” a la que muchas mujeres y niñas querían y aún hoy quieren parecerse. Sólo tienen que cortarse un poco el pelo y comprar las mismas gafas de sol de pasta negras, combinándolo con un vestido negro sin mangas. Pienso que en el fondo creé un look para hacer algo útil de mí misma.

Pero te diré una cosa que ahora sé con certeza. Desarrollar un estilo personal está al alcance de toda mujer si aprende a conocerse a sí misma

Y hablando de amigos, en relación a la cantidad de personas que conocí, hice muy pocos que considerase amigos de verdad. Me refiero al concepto de amigo de verdad, alguien leal, fiel, que te escucha, te acepta y te ama tal como eres. Siempre he sido una persona muy tímida y reservada, incluso desde niña. En Hollywood a veces se me tachaba de distante, porque prefería leer y dar paseos antes que ir a fiestas y cenas. 

Necesitaba estar sola a menudo. Era feliz pasando desde el sábado por la noche hasta el lunes por la mañana sola en mi apartamento. Reponía energías para mostrarme extrovertida y energética cuando tenía que serlo. 

En soledad

PARA QUE NO SE TE HAGA MUY LARGO, CONTINUARÉ CONTÁNDOTE MI HISTORIA EN EL SIGUIENTE POST

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