Muy Audrey – Segunda parte

Es díficil resistirse a contar lo más detalladamente posible la historia de una mujer que ha inspirado a tantísimas personas, haciendo felices a los demás a través de sus películas y de su sonrisa. 

Así que aquí vuelvo a dejarle mi teclado para que ella misma te siga contando…


Lo mejor de mi vida llegó el 17 de Julio de 1960, un día que nunca podré olvidar. Fue el nacimiento de mi primer hijo, Sean Hepburn Ferrer. Me hizo enormemente feliz el tenerlo entre mis brazos, una sensación que es muy difícil de describir…

Ser actriz tiene, como todo en la vida, un lado bueno y otro no que no lo es tanto. Uno de los aspectos más desagradables es la dificultad que supone parar. Cuando haces un descanso en el cine, temes que la gente se olvide de ti… Yo estaba tan metida en la vorágine del trabajo, fluyendo entre unos proyectos y otros, que aun a pesar del dolor de la separación, no pude negarme a aceptar el proyecto que me ofrecieron antes de transcurrir 9 meses de su nacimiento.

Aquella separación me dolió profundamente y es algo de lo que me arrepentiré siempre, porque nunca podré revivir esos primeros años.

Pero es cierto lo que dicen, y a veces situaciones dolorosas traen un regalo consigo. Ese siguiente papel que acepté es aquel por el que más se me recuerda. 

Cine en La 2: 'Desayuno con diamantes', con Audrey Hepburn
Holly Golightly

Protagonicé una de las obras más conocidas de Truman Capote, Desayuno con Diamantes, que estrenamos en 1961.

Lo cierto es que Holly y yo teníamos muy poco en común. Ella era una mujer muy despreocupada, poco enamoradiza y de muy fácil «roce», digamos. Las malas lenguas difundieron el rumor de que yo me quejaba de haber recibido este papel, que lo consideraba equivocado para mí. Algunos “eruditos” del mundo del cine así lo pensaban, que aquel personaje no era para mí, incluso Capote estaba de acuerdo con que yo no era apropiada y hubiese preferido a Marilyn. Pero la verdad es que yo no coincidía con ellos. Dada la época era un poco atrevido hacer una obra sobre una prostituta y por eso, mi presencia suavizó el mensaje y le dio otro estilo a la obra. 

Y tengo que confesarte algo: nunca fui capaz de hacer aquel silbido. Tuvieron que hacerlo por mí. ¡A mí me salía algo como un chirrido!

(Por cierto, un dato curioso: el vestido icónico que diseñó mi querido Givenchy, se vendió por 920.000 dólares en 2006 durante una subasta).

Siempre he sido una persona introvertida. Nunca soñé con ser una estrella. Interpretar a alguien tan extrovertido como Holly en Desayuno con Diamantes fue una de las tareas profesionales más difíciles que tuve que hacer en mi vida. Si me hubiera parado a pensar en comparaciones con mis predecesoras, como sí hice con otros papeles, como el de Eliza en My Fair Lady (comparándome con la maravillosa Jullie Andrew que estuvo dándole vida durante años en Broadway), me hubiera bloqueado por completo. 

50 años del vestuario de Audrey en My Fair Lady - Marijo Barcelona
Audrey en My Fair Lady

En cambio, disfruté enormemente el papel de Eliza Doolittle. Me sentí identificada con ella, porque era una mujer vulnerable, pero con una fuerza interna descomunal. Mientras la interpretaba, me obligué a olvidarme de mis propios problemas (que eran muchos en aquella época). Me zambullí en esa persona e intenté convertirme en ella y hacerla mía. 

Eliza es el papel que desempeñé de forma más radiante y con el que más dinero gané, ¡1.000.000$! Pero no lo hubiera hecho si hubiera sabido que después iban a doblarme en todas las canciones. Me dolió mucho que decidieran cambiarme la voz para la música… A ningún actor que se precie le gusta que le hagan tal feo, y mucho menos sin avisarles.

My Fair Lady (Mi bella dama) (1964) - Filmaffinity
My Fair Lady

Aprendí una cosa. El éxito es como cumplir una edad importante y descubrir que eres exactamente la misma persona. Todo lo que sentía era la responsabilidad de estar a la altura. Y, con suerte, de sobrevivir a él. 

Durante aquella época ya me daba cuenta de que mi matrimonio no estaba funcionando. Aunque yo, que siempre he sido una mujer romántica, no quise admitirlo.

Cada día acudía al trabajo terriblemente nerviosa… terriblemente insegura. ¿Me saldrían las palabras, lo haría bien? Y luego venía el alivio cuando decían “¡Toma buena!”. Ganaba y perdía confianza con cada película; en cuanto acababa el rodaje de una, no sabía si volvería a trabajar.

15 imágenes que (quizás) no has visto de la icónica Audrey Hepburn
Con Gregory Peck
Raúl Callejón on Twitter: "Audrey Hepburn y George Peppard en un descanso  del rodaje de “Desayuno con diamantes”. http://t.co/f6bOHnIn84" / Twitter
En el rodaje de Desayuno con Diamantes

Y aunque me mostraba segura y femenina ante las cámaras, tenía grandes complejos con mi cuerpo. Las curvas de Marilyn estaban de moda, y yo carecía por completo de ellas. Nunca tuve ese sex appeal y yo lo sabía. Me veía a mí misma como alguien “divertido” de mirar, pero no atractiva. Mis dientes eran graciosos, y no tenía ninguno de los atributos normalmente requeridos para ser una Reina del cine, incluidas las curvas… con las que no fui bendecida.

Deseaba otro cuerpo, pero a la vez, no quería engordar. La desnutrición durante la Guerra marcó mi metabolismo; mi educación como bailarina y la continua exigencia de mostrarme perfecta, me hizo proponerme no engordar nunca más de 103 pounds (46kg) -algo que por cierto, conseguí a excepción del tiempo que estuve embarazada.

Pero no me cortaba en la elección de comida, nunca he estado a dieta. Siempre he tenido muy buen apetito y he comido absolutamente de todo, solo que tengo un tope interno. En cuanto me sacio, una especie de pequeña trampilla se cierra en mi interior y dejo de comer. Eso sí, no comía nunca entre horas.

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La balanza de odio por mi cuerpo y miedo a cambiarlo, me aportó frustración y malos momentos en los rodajes, además de sufrimiento e inseguridad con mis parejas. Acepté mi cuerpo muchos años después, retirada ya de las cámaras. 

Por otro lado, tampoco me sentía bonita. De hecho, estaba convencida de que era tan fea que nunca nadie me querría por esposa.

Si queremos ponernos psicológicos, podemos decir que mi confianza era producto de sentimientos subyacentes de seguridad e inferioridad. Era consciente de que no podría superar esos sentimientos con una actitud indecisa. Descubrí que la única manera de sacar lo mejor de ellos era poniendo los pies en la tierra y adoptando una actitud fuerte, repleta de energía y constante. Me marqué unos objetivos muy claros, un propósito. Esto me permitió salir adelante. 

Por mi propia experiencia, te digo que es importante relajarse todo lo posible con la comida, el ejercicio y todo lo demás, de lo contrario te convertirás en esclava de tus hábitos de belleza… Puede que tengas una piel estupenda, pero serás una autómata. Y la vida es mejor que eso. 

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De hecho, uno de los grandes triunfos de mi vida, además de mis hijos, ha sido ser capaz de vivir conmigo misma, de aceptar mis defectos y los de los demás. Estaba lejos de ser la persona que me gustaría, pero decidí que después de todo, no era tan mala. 

Después de My Fair Lady rodé algunas películas más, siendo una de las más notables Dos en la Carretera (1967). 

Una curiosidad es que yo sufría de un pánico terrible al agua. En esta película hay una escena en la que me tiro a una piscina y parece una toma sencilla. Pero para conseguirlo tuvieron que traer a buzos que se pusieron alrededor de mí, en todas partes, en lugares donde la cámara no podía captarlos, para ayudarme justo después de ese breve chapuzón. 

Dos en la Carretera
Dos en la Carretera

En aquella época no paraba de trabajar, instada por mi marido que me empujaba a seguir y seguir, lo que me hacía sentirme muy sola y perdida. No llegaba a entenderme con él. A pesar de nuestro matrimonio, yo seguía sintiendo la misma herida que sentí con el abandono de mi padre. En 1967, mientras rodaba Sola en la Oscuridad, producida por el mismo Mel, me di cuenta de que no podía más. El hecho de estar juntos en la misma película obligó a que ambos nos tuviéramos que separar de nuestro hijo Sean, para que él pudiera continuar sus estudios. Esto me partió el corazón otra vez. Yo sólo deseaba trabajar menos y mi marido en cambio, quería encontrar su éxito. No podía soportar vivir siendo “sólo el marido de Audrey Hepburn”.

Con 39 años decidí dejarlo todo y continuar adelante yo sola. Deseaba llevar una casa, y eso es un trabajo completo. Mientras trabajaba, me preocupaba no aprenderme el papel del ensayo del día siguiente por estar tan ocupada preparando la cena a mi marido. Tenía miedo a perder mi trabajo, aunque así perdí a mi marido y casi, a mi hijo. No podía más.

A finales de 1967 nos divorciamos. 

Aquello fue muy doloroso para mí. Yo pensaba que un matrimonio de dos personas buenas tenía que durar hasta que la muerte las separara. El divorcio me decepcionó mucho. 

El amor no me aterraba pero el abandono sí, mucho. La vida me ha hecho terriblemente consciente de que nos lo pueden arrebatar todo y destrozarnos. Si a lo largo de mi existencia hubiera conocido la seguridad por las noches, si jamás hubiera visto o sentido el temor a ser torturada o deportada, o a saltar en mil pedazos, entonces no tendría miedo. 

Un año más tarde, me volví a casar.

Pero esto, te lo cuento en la siguiente historia 😉 

Continuará…

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