Muy Audrey – Tercera parte

Uno de los motivos por los que más se adora socialmente a Audrey Hepburn es porque transmite la imagen de un personaje muy dulce y adorable, que disfruta y mantiene una vida feliz y exitosa.

Y la realidad es que fue una persona que sufrió mucho, se sintió muy sola y abandonada, y buscó el amor allá donde pudo.  

Pero decirlo así queda muy pobre. Para explicarlo como es debido, aquí te traigo la tercera parte de su vida, narrada por su voz a través de mis manos: 


Un año más tarde me casé con el Dr. Andrea Dotti, un psiquiatra italiano alejado del mundo de las cámara y 9 años más joven que yo. Le conocí durante un crucero por el Mediterráneo que disfrutamos en el yate de un amigo. Sin poder evitarlo, nos enamoramos en alguna parte entre Éfeso y Atenas. Fue un flechazo. 

Andrea Dotti y Audrey

Me quedé embarazada justo después de la boda, y en febrero de 1970 di a luz en Suiza a mi segundo hijo, Luca Dotti. 

Me siento muy agradecida de haber tenido dos hijos maravillosos que me trajeron las sonrisas suficientes para cubrir las lágrimas que hubo en mi vida. Me gustaría que supieras que después de mi primer hijo, me quedé embarazada 4 veces de Mel. Sufrí abortos no deseados, dolorosos y horribles. Una de las veces fue por caerme de un caballo rodando una escena. Por eso, quedarme embarazada por quinta vez y conseguir dar a luz fueron los milagros más maravillosos de mi vida. 

Pienso que yo nací para ser madre, lo deseaba desde niña. Si hubiera podido tener más hijos, lo habría hecho sin duda. Pero después de mi segundo hijo, volví a tener un aborto más, y fue tan doloroso que no quise intentarlo más.

En aquella época estaba totalmente enamorada de mi segundo marido y esta vez quería que funcionara. Como te conté en este artículo, me había retirado del cine, así que me trasladé a Roma para llevar la vida de una ama de casa italiana y cuidar de mi marido. Pero al tiempo me di cuenta de que tampoco él era la persona adecuada para mí… Me enteré de que me era infiel con otras mujeres más jóvenes. 

Esperé a que mi hijo fuera lo suficientemente mayor como para aguantar estoicamente el divorcio, que en aquella época no era tan habitual, y en 1982, con 51 años, tomé la decisión de dejarlo. Durante todos esos años, me prometió varias veces que dejaría de hacerlo, pero rompió su promesa de forma reiterada. No le monté ninguna escena, no me gusta hacerlo, pero como podrás imaginar, fue una relación muy intensa y complicada. 

Para mí, si hay amor, la infidelidad es imposible. No creo que esos matrimonios abiertos funcionen. Y en los casos en que sí, en que se ha llegado a un acuerdo cuando, es básicamente, porque ambas personas han dejado de quererse. 

El matrimonio debería ser sólo una cosa: dos personas que deciden que se aman tanto la una a la otra, que quieren permanecer juntos para siempre. Firmen o no un papel, sigue siendo un contrato sagrado de confianza y respeto mutuos. Si de alguna manera yo no aporto a mi pareja lo que necesita de una mujer en el sentido emocional, físico, sexual o cualquiera que sea, y si siente que necesita a otra persona, entonces yo no puedo continuar con la relación. 

Aunque el divorcio fue doloroso, seguimos en contacto siempre que hubiera que hablar de nuestro hijo. Mis hijos eran, son y serán lo más importante para mí. 

Y aunque a partir de ahí aparecía de vez en cuando en la pantalla, en algún programa de televisión o entrevista, no quise volver a trabajar más como actriz. 

Lo más importante era cuidar de mis hijos y envejecer con gracia. No puedes hacerlo si estás continuamente apareciendo en portadas de revistas. 

Confieso que el temor al abandono me ha acompañado durante todas mis relaciones. Cuando me enamoré y me casé por primera vez, siempre tuve miedo de que me abandonara, pero a pesar de ello me volví a casar.  Vivir implica saber que puedes perder todo lo que amas ¿Por qué miras de izquierda a derecha cuando cruzas la calle? Porque no quieres que te atropellen. Sin embargo, sigues cruzando la calle. Así que yo seguí enamorándome. De otros hombres y de mis hijos.

Dejé de trabajar porque no quería hacerles lo mismo que me hizo mi padre, no quise abandonarles de nuevo. Como actriz, debía viajar muy a menudo y pasar meses, quizá incluso años filmando, viviendo en los sets. No quería enseñarles esto a mis hijos, así que lo dejé. Me quedé en casa para disfrutar de ellos. Hubiera odiado estar haciendo películas alrededor del mundo y no llegar nunca a conocerlos. 

Siempre creí que sería enormemente triste echar la vista atrás a mi vida y mis películas y no haber conocido a mis hijos. Para mí no existe nada más agradable, emocionante, hermoso y gratificante que verlos crecer… y sólo crecen una vez. 

Ya te he comentado que nunca esperé ser una estrella, nunca conté con ello, ni siquiera lo deseé. No es que no me gustase serlo en su día, pero no es igual que si fuera una gran actriz. Yo no soy Bergman. No me arrepiento ni un minuto de haber tomado la decisión de dejar el cine por mis hijos. Puede que no siempre me ofrezcan trabajo, pero siempre tendré a mi familia

Cuando fueron lo suficientemente mayores, pude volver a viajar, pero esta vez para ver a otros niños menos favorecidos.

En 1988 me ofrecieron ser embajadora especial de Unicef para los niños de América Latina y África, lo que implicaba viajar mucho, y sobre todo, ser una mensajera de un mensaje de amor hacia ellos. Lo acepté con mucho gusto hasta 1993, cuando mi cuerpo ya no pudo más. Viajaba por estos continentes para ver por mí misma cuáles eran las necesidades de estos niños, aprovechando mi fama para contárselo al mundo, haciendo un poquito más consciente a la sociedad de esta realidad tan alejada de sus vidas occidentales.

Durante mis años de trabajo con ellos, el comité norteamericano de Unicef casi duplicó los fondos recaudados. Mi papel consistía en viajar a los países más necesitados, ser testigo directo de los problemas, hablar con las personas afectadas, hacer un seguimiento del desarrollo y enviar un informe al resto del mundo.

En el fondo nunca me gustó viajar. No me gustaba esa parte de volar, jetlag… pero no podía evitar sentir amor por esos niños. Imagino que nos pasa lo mismo a todo el mundo. Esa era la parte fácil de mi trabajo, el amor. 

¿Cómo es posible que los gobiernos gasten tanto en la guerra y pasen por alto las necesidades de sus niños, su mayor capital, su única esperanza para la paz? En un país lo primero deben ser los niños, no el armamento ni la economía. Lo primero siempre son los niños. Son lo más frágiles y honorables. Y los niños no esperan a que pase la crisis para crecer.

En mis últimos años me ofrecieron muchos papeles y de hecho, me planteé hacer alguno. Pero mi mente estaba completamente involucrada con Unicef. Aunque debo decir que o bien me ofrecían papeles de alguien muy joven, lo que hubiera sido ridículo; o de alguien muy vieja, lo que igualmente hubiera sido ridículo. Porque en ambos casos debes ponerte una máscara que no te permite ser tú actuando. Me hubiera gustado hacer algo divertido, eso es cierto. No tendría que haber sido algo grande, tan sólo divertido. 

Me llegaron ofertas para nuevas películas, pero yo ya no estaba hecha para el mundo que llegaba. No hubiera podido hacer lo que Cher, Michelle Pfeiffer o Mery Streep eran capaces de hacer al inicio de los años 90. Creo que Cher es muy versátil. Se enfrenta al diálogo como si hubiera salido de su propia piel, como si simplemente fuera parte de ella. Tiene una enorme escala de emociones y una total falta de inhibición, lo cual envidio profundamente. Michelle Pfeiffer, en su caso, puede cantar, ser muy dramática y a la vez, muy sexy. Mery Streep es una fantástica actriz dramática y de nuevo, puede hacer cualquier cosa que quiera. Yo en cambio, nunca pude. 

Mi última película fue Always (Para siempre), en 1989 y la acepté porque quería trabajar una vez en mi vida con Steven Spilberg. Me quedé completamente removida cuando vi ET, recuerdo cuando llevé a mi hijo Sean al cine a verla mientras vivíamos en Roma. Me pareció un genio, y me prometí a mí misma trabajar con él algún día. 

Me sentía orgullosa de haber trabajado en un negocio que proporciona placer, crea belleza y despierta nuestra conciencia, suscita compasión y, quizá lo más importante, concede a millones de personas un respiro de un mundo tan violento. 

Aunque en aquel período de vez en cuando actuaba en pequeñas obras, como un musical sobre la vida de Ana Frank. Acompañé al compositor Michael Tilson Thomas y al New World Symphony Orchestra a narrar porciones del diario en un trabajo sinfónico. Hicimos un tour pequeño alrededor de Estados Unidos y Londres, del que doné todo a Unicef.  

Apartada ya de las cámaras, me retiré a Suiza. Y aquello era todo lo que yo deseaba. Toda mi vida quise ganar dinero para tener mi propia casa. Soñaba con tener una casa en el campo, con jardín y árboles frutales. He conseguido pasar aquí más de media vida. Me encanta. Me encantan el campo, nuestro pequeño pueblo y las tiendas. Poder pasear a mis perros y estar con mi familia. Me encanta ir al mercado dos veces por semana, con toda la fruta, la verdura y las flores.

En cuanto al amor, lo volví a encontrar por tercera vez en mi vida, en 1980. Y esta fue la definitiva. Mientras aún no me había recuperado de mi segunda ruptura, conocí en una cena que organizó mi amiga Connie Wald, a mi tercera pareja, Robert Wolders. Era holandés y acababa de perder recientemente a su esposa en una batalla contra el cáncer. Compartíamos orígenes, lecturas y penas. En su presencia me sentí como si hubiera vuelto a casa. Así supe que era él.

Robert Walders y Audrey

Nuestro amor no era como el de Romeo y Julietta, teníamos nuestras riñas, aunque escasas. Ambos teníamos un carácter paciente, no perdíamos los estribos. Éramos amantes y amigos. Si existen amistad y amor suficientes, la fama no duele, sino que se supera. Tardé mucho tiempo en encontrar a alguien como él, pero a veces más vale tarde que nunca. Si lo hubiera conocido a los 18 años, no lo habría apreciado tanto, habría pensado que era como los demás. 

Siempre le estuve muy agradecida porque me acompañaba a cumplir mi labor con Unicef. No habría podido hacerlo sola. Íbamos alrededor del mundo juntos y era tan apasionado como yo sobre ayudar a los niños. 

No llegamos a casarnos, pero no era necesario, era hermoso vivir así. Estábamos juntos porque nos queríamos, no porque tuviéramos que estarlo. Es una diferencia muy sutil, pero tal vez sea muy buena

Como puedes ver, en mi vida hubo varios hombres… ¿Sabes qué aprendí de ellos? Que son seres humanos, con las mismas debilidades que las mujeres; creo que incluso más vulnerables que las mujeres. Lo creo de verdad. Se puede herir a un hombre con mucha facilidad. 

La última misión humanitaria en la que participé fue una en Somalia, en 1992. Fue donde empecé a sentir dolores de estómago, que después resultaron ser provocados por un cáncer de apéndice. Me fui de este mundo un año después, con 63 años. 

Vivir es como visitar un museo a toda velocidad. Sólo más tarde empezamos a asimilar lo que hemos visto, a pensar en ello, a buscarlo en algún libro, y a recordarlo; porque no podemos retenerlo todo de una vez.

Sonará aburrido pero mi idea del cielo es tener a Robert y a mis dos hijos en casa (odio las separaciones), y los perros, una buena película, una comida fantástica y una televisión enorme… todo junto. Me siento realmente dichosa cuando es así, y eso lo he tenido. Mi objetivo no era tener grandes lujos. De niña quería una casa con jardín y he conseguido tenerla. Viví mi sueño. Así que me fuí feliz y plena por haberlo conseguido.

Me enterraron en Tolochenaz, Vaud, en Suiza, un pueblecito ahora se ha convertido en una de las atracciones más grandes de Europa porque vienen muchas personas a visitar mi tumba.  Dicen que fue mi elegancia y mi estilo lo que hizo que ahora se me recuerde y se me haya nombrado como una de las “100 Estrellas TOP de todos los tiempos”. 

El tipo de vida que he llevado ha sido para mí muy gratificante. Satisface la necesidad que todos tenemos de hacer “algo”, y espero que mi trabajo contribuya de alguna manera a aliviar un poquito el sufrimiento en el mundo.

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